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F077 EL ESPEJO MÁGICO
FRAGMENTO DE TRANSCRIPCIÓN INEXISTENTE EN LA 1ª EDICIÓN DEL 5º EVANGELIO
TÍTULO EN LA 2ª EDICIÓN DEL QUINTO EVANGELIO DE A.G.E.A.C. (2019):
MAGISMO Y PSICOLOGÍA EXPERIMENTAL (41:07)
NÚMERO DE FRAGMENTO: F077 (HASTA LA 5ª EDICIÓN: 281)
FUENTE EN AUDIO:DESCARGAR
CALIDAD DE AUDICIÓN:MALA
DURACIÓN:41:47
CORRELACIÓN TEXTO/AUDIO:AUDIO AJUSTA TOTALMENTE A LA TRANSCRIPCIÓN
FECHA DE GRABACIÓN:1976/??/??
LUGAR DE GRABACIÓN:NO CONSTA
CONTEXTO:CONFERENCIA PÚBLICA
FUENTE DEL TEXTO:EQUIPO DE www.gnosis2002.com
>IA< Caballeros y damas, a todos ustedes me dirijo con gran cariño.
Existen ciertos experimentos notables que bien vale la pena tener en cuenta dentro del terreno de La Clarividencia. En el Oriente milenario, por allá en el Tíbet, se ha hablado siempre de una práctica maravillosa relacionada con el espejo mágico.
El adepto pone un espejo enfrente, enciende una veladora de forma tal que la llama no se refleje en el espejo, mas sí que lo alumbre; luego se concentra en el mismo y logra tener, dicen, después de cierto tiempo, visiones extraordinarias.
Viejas tradiciones orientales tibetanas, y hasta occidentales también, enfatizan la idea de que por medio del espejo puede uno invocar a cualquier ángel y hacerlo visible y tangible. Los neófitos tibetanos, o indostanos, o chinos, sentados ante el espejo, lo miran detenidamente sin pestañear, suplicando, llamando con el corazón, con los sentimientos a cualquier Deva, que le dicen ellos. En nuestro lenguaje occidental, Ángel, para que se haga visible en el espejo. Y aseguran los discípulos de tales escuelas, que cuando ya el espejo desaparece de la vista del que lo está mirando sin pestañear y bien concentrado, entonces aparece el ángel invocado.
Esto resulta maravilloso. Es claro que, como les decía a ustedes, en la cuarta dimensión hay ángeles. Los ángeles de los que habla la religión cristiana son una realidad.
De esos ángeles habla también el budismo, la religión de los persas, la religión mahometana, la religión judía, la religión de nuestros antepasados de Anáhuac, etc.
No hay duda de que Tláloc es un ángel, es el Dios de la lluvia. No hay duda de que nuestro señor Huitzilopochtli, el fundador de la gran Tenochtitlán, es otro ángel. ¿Quién podría negar que Ehecatl, el Dios del viento, no sea un ángel?.
Tenemos nosotros sistemas, métodos para comunicarnos con estos seres, y puedo asegurarles en nombre de la verdad, que yo personalmente conozco a esas criaturas.
En cierta ocasión, dirigiéndome a Tláloc, quien dicho sea de paso para los que ya saben aquí algo sobre esoterismo, vive en el mundo de las causas naturales, invisible para los ojos de la carne, le dije:
-Tú hiciste mal en haber aceptado los sacrificios humanos.
La respuesta fue :
-No tuve la culpa. Jamás pedí tales sacrificios. Esas fueron cosas de allá del mundo físico.
Tláloc, un ser inefable, también me añadió:
-Volveré en La Nueva Era de Acuario.
Es decir volverá a tomar cuerpo de carne y hueso, se hará hombre, vivirá como un hombre entre los hombres.
En cuanto a Ehecatl, también a base de trabajos esotéricos de Alta Teúrgia, le conocí. Él cooperó ayudando en el proceso de la resurrección de nuestro Divino Maestro Jesús.
Así pues, que no son ídolos, como suponen los turistas que vienen por allá desde el extranjero, lo que tuvimos aquí, en la tierra de nuestros antepasados; son ángeles, seres divinos; se adoró a Dios.
De manera pues, que nuestros antepasados también adoraron a la Divinidad y a sus santos ángeles como lo estamos haciendo nosotros ahora, en esta época.
Es necesario pensar mejor sobre nuestros antepasados, pues fueron realmente muy sabios. Podían ellos, mediante esos seres inefables, obtener fenómenos naturales extraordinarios. Ya sabemos que existían ritos para la agricultura, ritos para todo lo que necesitaban.
Bien vale la pena, pues, estudiar la antropología gnóstica, y eso es lo que hacemos, precisamente, en nuestra institución. Nosotros investigamos los códices, nosotros estudiamos pues todas las piezas arqueológicas, etc.
Dondequiera que haya alguna pirámide, vamos a fotografiarla, a estudiarla, porque puede tener algún mensaje interesante.
Pero continuemos con esta cuestión del espejo.
Bien vale la pena saber algo de todo esto.
En cierta ocasión, un caballero, cuyo nombre no menciono, hizo una práctica similar en el espejo, sí, pero muy distinta a la forma como la enseñan los Tibetanos. Él, en vez de encender una veladora, encendió dos y se propuso allí ver, naturalmente, lo interno, y resulta que se vio allí con cara de chango.
Posición nada agradable ¿verdad?. ¡El pobre hombre convertido en chango! Bueno, un poco desilusionado escribió a la escuela esa. La respuesta, pues francamente, no le llenó, no le satisfizo. Entonces se retiró de esa institución.
No cito el nombre de la institución porque nosotros no criticamos a ninguna escuela, ni a ninguna religión; consideramos que todo es necesario en este mundo. Las religiones son perlas preciosas engarzadas en el hilo de oro de La Divinidad. Los pueblos necesitan de sus religiones.
Nosotros, por aquí, tenemos la cristiana; en el mundo árabe existe la mahometana; por allá, entre los indostanes, la hinduista y la budista etc., pero siempre los pueblos necesitan su religión. Un pueblo sin religión es un pueblo bárbaro, eso no lo podemos negar.
Bien, pero ahora pensando en voz alta, aquí, delante de ustedes, me pregunto a mí mismo: ¿Qué sería lo que le pasó a aquel cuate?. Pues yo lo conozco.
Es un hombre inteligente, sí, verdad.
¿Alucinado?.¡Todo tiene ese hombre menos de alucinado!.
Un tipo acostumbrado a la lógica razonativa en un ciento por ciento. Obviamente, vio algo.
Esto me recuerda claramente al Salón de Los Espejos, allá, a la entrada del Castillo de Chapultepec, en México. Quienes se miran en un espejo se ven en
una forma, quienes se miran en otro espejo se ven en otra, debido, pues, a la forma como están elaborados tales espejos, o a la forma como se les coloca, etc., etc. En todo caso, vale la pena que sepamos realmente qué fue lo que ese cuate vio de feo en él.
Obviamente, sabemos que tenemos un Yo. ¿Quién lo podría negar?. Cuando uno golpea en una puerta, el de adentro le pregunta: “¿Quién es?”.
Uno responde: “Yo”. Pues bien, ¿y qué es ese “Yo”?. Bueno, ¿nunca se nos ha ocurrido pensar en eso?. A mí me parece que debemos pensar un poquito.
¿Cuál es ese Mí Mismo, el Sí Mismo que uno carga aquí adentro?.
Eso es lo que vamos hoy a estudiar, precisamente eso.
La realidad es que nosotros no somos unas mansas ovejas. Todos los que no somos berrinchudos, somos o corajudos, somos lujuriosos, o somos envidiosos, etc., pero cada uno de nosotros está lleno de defectos. Verdaderamente que no somos muy santitos que se nos diga.
Entonces, el Yo no es santito, ¿verdad?. Si fuéramos santitos, nos tendrían por allá en algún nicho de oro, aunque fuéramos santos de chocolate, como se nos ha dicho. Pero, realmente, no somos muy santitos.
La cruda verdad de todas estas cuestiones, es que estamos bien llenos de defectos psicológicos, y es precisamente sobre psicología experimental el tema principal de esta plática.
Dicen las viejas tradiciones que Jesús de Nazaret sacó del cuerpo de María Magdalena a siete demonios. ¿Cuáles son esos siete demonios?. Pues los siete pecados capitales: ira, codicia, lujuria, envidia, orgullo, pereza, gula.
Pero cada uno de ellos es cabeza de legión, y así como existen los pecados capitales, existen también los veniales, y muchos otros que son también demasiado fuertes. De manera que todos esos son demonios de acuerdo con Las Sagradas Escrituras.
Entonces, el Yo, ¿qué es el Yo?. ¡Una suma de demonios!. Eso es claro. Eso es el Yo psicológico. Entonces, realmente, el Yo no tiene una individualidad. Tenemos que aceptar “La Doctrina de Los Muchos”. En el Tíbet, a los Yoes se les llama agregados psíquicos, y el Yo no es Yo, sino Yoes.
Podrían muchos negar esto, rechazarlo, pero es la verdad. No poseemos un Yo, dijéramos, completamente permanente, porque tan pronto estamos berrinchudos, corajudos, como de pronto estamos dulces y serenos; tan pronto decimos una cosa, como la negamos. No hay un Yo permanente en nosotros. Lo que hay es una multiplicidad de Yoes.
El cuerpo físico es una máquina, está controlada por muchos Yoes. Estos Yoes no son de materia física, estos Yoes son invisibles para los ojos de la carne. Pero aquel cuate que miró en el espejo los vio y se asustó y se retiró de su escuela.
Si uno se pudiera ver tal como es en un espejo, le sucedería a uno lo mismo, se horrorizaría y huiría. Es que por dentro, naturalmente, tenemos muchos Yoes, y cada uno de ellos es un demonio.
Estos Yoes son invisibles para los ojos de la carne, pero se pueden ver con la clarividencia, viven en la dimensión desconocida. Para ser claro, para hablarles solo un poquito más claro, viven en la quinta dimensión, en el mundo molecular, y hasta en la sexta, que es en el mundo mental, y hasta en la séptima, que es el mundo de las causas naturales.
Bien, pero la cruda realidad es que tenemos esos Yoes. Cada uno de esos Yoes tiene mente para pensar, tiene voluntad, tiene corazón para sentir, se mueve, anda, puede entrar y salir del cuerpo físico a voluntad. De manera que dentro de una persona viven muchas personas. Cada Yo es una persona.
Si nosotros pensamos que alguien es la misma persona siquiera media hora, estamos abusando de esa persona y estamos abusando de nosotros mismos, porque nadie es el mismo siquiera media hora.
Dentro de cada uno de nosotros viven muchas personas, unas entran y otras salen, y entre todas ellas se pelean, luchan por la supremacía. Cada una de ellas quiere gobernar totalmente al cuerpo físico, cada una de ellas quiere ser la única.
El Yo que hoy jura amor eterno a una mujer, mañana es desplazado por otro Yo que no tiene “velas en el entierro”; es decir, que nunca ha jurado, y entonces vemos con asombro que el sujeto se retira y la pobre mujer queda decepcionada.
El Yo que hoy jura amor eterno por una gran causa, que está dispuesto a entregar hasta su vida por la misma, mañana es desplazado por otro Yo que no tiene que ver nada con tal causa.
En el terreno de la vida práctica vemos cómo las gentes se contradicen. Observaba yo, por ejemplo, aquí a Tony cuando trabajaba vendiendo casas. Muchas veces, él había hecho algún negocio con algún cliente; el cliente le había dado la palabra de que él compraría, y hasta había entregado cierta pequeña cantidad como enganche, entusiasta hasta el colmo.
Y al otro día resulta que nada, “que dijo mi mamá que siempre no”.
Total, el castillo de naipes iba al suelo. ¿Qué pasó en eso?, sencillamente que el Yo que se entusiasmó por la casa fue desplazado por otro Yo que no tenía interés en tal casa.
La mujer le dice sí al hombre que momentáneamente le simpatiza, y días después resulta diciéndole que siempre no. Esa es la cruda realidad de los hechos.
Estamos llenos de contradicciones, y lo más grave es que sabemos que estamos llenos de contradicciones, y nos las arreglamos para escondernos de nosotros mismos. Hacemos multitud de maromas ahí, con el pensamiento, como para tratar de justificar siempre nuestras contradicciones.
Si decimos que vamos a hacer un negocio y después decimos que no, nos justificamos: “Sí, es que no me conviene, es que reflexionándolo bien, no, no me sirve”. Pero ¿por qué no lo reflexionó antes?. Eso no se le ocurre pensarlo.
La cruda realidad es que el Yo que había pensado en el negocio fue desplazado por otro que no tiene que ver nada con el negocio.
Conclusión: somos nosotros marionetas movidas por hilos invisibles; los Yoes juegan con nosotros. Esa es la verdad de las cosas.
Si uno acepta La Doctrina de Los Muchos, pues puede transformarse; pero si no la acepta, es imposible la transformación. Dentro del cuerpo del hombre están los Yoes, eso es grave. Mas hay algo también muy decente en el fondo de nosotros, quiero referirme a La Conciencia, a eso que tenemos de Alma.
Esa Conciencia está embutida, desgraciadamente, embotellada, enfrascada entre toda esa multiplicidad de Yoes que cargamos en nuestro interior.
Ahora comprenderán ustedes por qué afirmamos en forma enfática que tenemos La Conciencia dormida. Es claro que La Conciencia enfrascada entre el Mí Mismo, enfrascada entre todos estos Yoes diablos que cargamos en nuestra psiquis, yace dormida; no estamos despiertos.
Si estuviéramos despiertos, todos podríamos ver, oír, tocar y palpar las grandes realidades de los mundos superiores. Somos gentes dormidas, inconscientes, que no sabemos ni de dónde venimos, ni para dónde vamos, ni cuál es el objeto de nuestra existencia.
Decimos lo que otros dicen, pensamos lo que otros piensan, hacemos lo que otros hacen. Los conocimientos que tenemos aquí, metidos entre los sesos, están porque nos los enseñaron, y si no, lo único que tendríamos ahí serían cucarachas. Esa es la cruda realidad de los hechos.
Y lo peor de todo es que todos estas conocimientos que nos dieron, o que aprendimos en la escuela, después resulta con que siempre no, porque ya no sirven. Yo recuerdo cuando estaba muchacho que me enseñaron ciertas cosas, a plantear las divisiones en cierta forma, de cierta manera, y ahora, cuando voy a hacer las operaciones matemáticas y a plantear la operación de división con una vertical y una horizontal, etc., me dicen que eso está anticuado, que ya no sirve.
Tanto como me amolé estudiando en los bancos de la escuela ¡para nada!, porque siempre no. Entonces, esos conocimientos intelectuales que uno adquiere en la escuela, etc., pues son relativos, no son propiedad de uno. Lo de uno es lo que lleve de Esencia, es La Conciencia, es El Alma; eso sí es de uno. Lo demás todo es pasajero. Así pues, que la cruda realidad es que La Conciencia está dormida, desgraciadamente, y eso es lo más triste, ¡dormida!. Obviamente, analizando todo esto a fondo, vemos la necesidad de despertar, porque solamente despertando podremos conocer la verdad. Jesús el Cristo dijo: “Conoced la verdad y ella os hará libres”.
En el terreno del pseudoesoterismo y del pseudocultismo se hablan muchas cosas. Y esta vez me dirijo a los que hayan leído algo de yoga, de teosofía, etc., no con el ánimo de criticarlos, porque a mí no me interesa criticar a nadie, cada cual es muy libre de pensar lo que quiera, sino con el ánimo más bien de reflexionar un poco y de compartir con ustedes amablemente mis reflexiones.
Se habla mucho, digo, sobre la reencarnación, pero, realmente, ¿quién recuerda sus vidas pasadas?. Se han escrito volúmenes enteros sobre la reencarnación, pero he visto que muchos de los que han escrito sobre eso no recuerdan ni una sola de sus existencias pasadas y, sin embargo, hablan en forma pontificia, aseveran en forma tremenda, defienden su teoría, una teoría que no les consta.
Se habla también de esa Ley de Causa y Efecto que los orientales llaman Karma, o sea, Ley de Acción y Consecuencia, pues todo lo que uno hace pues tiene que pagarlo. Si uno en pasadas existencias hizo diabluras, pues ahora ¡a pagarlas!, porque ni modo.
Pero, jamás esas gentes han podido dirigir su propio destino, nunca han podido coger en sus manos, ¿verdad?, El Libro de La Ley para leer sus cuentas viejas. Si llegan a saber quiénes son Los Señores del Karma, lo saben porque lo leyeron en algún libro, pero ellos qué van a conocerlos personalmente. ¡Nada!. Aseguran que hay Maestros de La Fraternidad Oculta, pero no los conocen, y si los llegan a conocer, los rechazan.
A todos los Maestros de La Logia Blanca los han apedreado, los han apuñalado, los han desterrado, los han encarcelado, porque no los han conocido.
Recuerden ustedes que a Jesús El Cristo lo colgaron allá en un madero. Y El Gran Maestro de Maestros, en su cruz, sangrando, en lugar de pedir venganza para esta humanidad, dijo: “Padre mío, perdónalos porque no saben lo que hacen”.
Pues tenía razón El Maestro. Las gentes con Conciencia dormida ¡qué van a saber lo que hacen!. Si hubieran esas gentes sabido que aquel que estaban colgando en ese madero era El Hijo de Dios, ¡El Cristo nada menos!, estoy seguro de que no lo habrían colgado.
Pero ni remotamente lo sospechaban, por eso no lo creían. Y ¿por qué no lo sospechaban?. Porque esas pobres gentes tenían La Conciencia dormida, embutida entre los Yoes. Yo les aseguro que si aquí, por ejemplo, alguien dijese entre nosotros: “Yo soy el Hijo de Dios”, ustedes se reirían o dirían: “A este cuate le está patinando”. ¿Por qué?. Ustedes se dirían a sí mismos: “Bueno, si eso es así, ¿por qué este no aparece aquí y desaparece, lanza rayos y centellas y, de pronto, flota en los aires produciendo asombro en nosotros?.
Yo les aseguro que si uno de los aquí presentes, si uno de nosotros que está sentado aquí en esta mesa, pudiera hacer eso, ni ustedes lo creerían, no darían ustedes fe a sus sentidos; dirían: “Hombre, este lo que nos tiene es hipnotizados, eso es puro hipnotismo, diabluras. Yo ni vuelvo por aquí por estos lados”. ¿Por qué?, porque están dormidos.
Un despierto podría decir: “Hombre, puede que aquí haya algo de serio. Voy a ver, ¿no?”. Pero ese es el despierto.
De manera, pues, que nosotros necesitamos despertar. Un dormido, ¿cómo va a saber de la vida en Los Mundos Superiores?, ¿Qué es lo que hay más allá
del sepulcro, sabe acaso el dormido?, ¿Qué es lo que existe antes de venir al mundo, sabe algo acaso el dormido?. ¡Pues nada absolutamente! ¿Verdad?.
Despertar es pues necesario, pero ¿cómo?. Cuando Jesús sacó a los siete demonios del cuerpo de La Magdalena, ella quedó despierta y reconoció al Hijo del Hombre. ¿Por qué?, porque su Conciencia quedó libre.
Resulta que como La Conciencia está metida, sí, metida entre los Yoes, no está libre, está condicionada por su propio embotellamiento. Pero si esa Conciencia logra salirse de entre los Yoes, queda libre, y entonces puede ver la verdad.
Y Jesús dijo: “Conoced la verdad y ella os hará libres”. Ustedes no conocen la verdad. Si la conocieran, ustedes ya estarían libres. De manera que conocer la verdad es algo impostergable, inaplazable. Pero para conocerla, hay que sacar La Conciencia de entre los Yoes.
No es posible sacarla dentro de los Yoes si no quebrantamos a los Yoes. Esos Yoes deben ser quebrantados como vasos de alfarero. Solo así, destruyéndolos, solo así, reduciéndolos a polvo, podrá La Conciencia quedar libre para poder conocer la verdad.
La verdad no es cuestión de teoría, no es cuestión de lo que uno haya leído o dejado de leer. La verdad no es de tal o de cual escuela, no puede ser monopolizada por nadie. La verdad es la verdad. La verdad es lo que es, lo que siempre ha sido y lo que siempre será. La verdad es lo desconocido de instante en instante, de momento en momento. La verdad es la realidad.
Cuando a Jesús el Cristo le preguntaron qué es la verdad, guardó silencio, y cuando al Buddha le preguntaron qué es la verdad, dio la espalda y se retiró. Es que la verdad no puede ser explicada.
Ustedes, por ejemplo, durante un estado de arrobamiento, contemplando una bella puesta de sol, lo que sienten lo sienten. Pero ustedes no pueden hacer que otra persona que vaya con ustedes sienta el arrobamiento ese que ustedes están sintiendo.
Ustedes pueden estar contentos en un momento dado, pero no pueden hacer que otra persona esté contenta también, a menos que le meta sus tequilas, y entonces ya eso cambia… [Risas]…
Ahora, la verdad, en sí misma, solamente puede ser experimentada directamente, así como el fuego. Podríamos hablar maravillas sobre el fuego. Podríamos decir que el fuego quema, pero eso no pasaría de ser una teoría. Otra cosa es meter el dedo en la lumbre hasta quemarse; entonces ahí viene uno a saber que, realmente, la lumbre quema.
Así es la verdad, hay que experimentarla. Por eso Jesús guardó silencio, el Buddha dio la espalda y se retiró. La verdad tiene uno que experimentarla directamente, y para experimentarla, tiene uno que quebrar todos lo Yoes, desintegrados, reducirlos a polvo. Entonces La Conciencia, libre y soberana, puede experimentar directamente eso que es la verdad, eso que es la realidad, eso que está más allá del cuerpo, de los afectos y de la mente.
Lo importante es saber de qué manera vamos nosotros a destruir esos Yoes. Afortunadamente la vida práctica es un gimnasio, un gimnasio psicológico donde nosotros podemos vernos de cuerpo entero tal como somos.
Supongamos que nos vimos de pronto metidos en un sainete de esos de celos. La mujer que tenemos, pues estaba allí con otro tipo. Nada agradable, ¿verdad?. Bueno, ¿qué diría yo a las pobres mujeres que encuentren a su hombre con otra hembra?. Bueno, todo eso puede suceder. ¿Qué hacer en ese momento?.
Hay celos, sí, unos celos allá que se lo tragan a uno vivo. Pero ¿cómo proceder?, ¿Dando de puñetazos?. Es absurdo, con eso no resuelve nada. O ¿dando de balazos?, pues tampoco. Recuerden lo que le sucedió a R. L., y ¿a dónde fue a parar aquel hombre?, a la cárcel. De manera que nada gana uno con la violencia. ¿Qué hacer?. Pues aguantarse un poquito, y si tiene ganas de verdad de desintegrar el Yo de la ira, pues marcharse a su casita. Allí, pues concentrarse uno, pero concentrarse de verdad.
¿En quién y en qué?. Pues, hombre, en lo que pasó; reconstruirlo en la mente, visualizar bien lo que sucedió, la escena: Cuando ella estaba platicando con un tipo, cuando el tipo le tenía el brazo echado encima, etc., etc., etc., y otras tantas hierbas. Y ¿qué?. Ya que uno ha visualizado bien la escena, entonces meditar en lo que son los celos, tratar de comprenderlos. Pues, ¿qué son los celos?. El temor de perder algo que se adora. Bueno y si ya ella adora a otro tipo, ¿qué?. Entonces, ¿ya qué?, ya el caso está perdido, lo estamos viviendo.
Pero ¡no! , tenemos que comprender, hacernos conscientes de lo que son los celos. Nosotros en primer lugar, en el caso de que la mujer está con otro tipo, pues nosotros no le dimos la vida a la mujer, ¿no?. Únicamente que porque es la mujer, pero ¿nosotros la criamos?, ¿le dimos la vida?. Tiene boca para comer, sí, pero esa boca de ella no es la de nosotros.
Si uno puede comer comida para alimentarse, también puede dar besos a otro sujeto XX; al fin y al cabo no es con nuestra boca, entonces ¿qué?…[Risas]…
De manera que también tiene sus órganos creadores, pero no son los nuestros. No podemos ser dueños de ella. Si nosotros no somos dueños ni siquiera de la ropa que tenemos; a la hora de la muerte no nos llevamos ni un alfiler, a ella menos.
Entonces, ¿dueños de qué somos?. Todo en la vida es prestado, y eso de tener “joyas con patitas” no es algo muy seguro. Así pues, vamos haciéndonos más comprensivos. Si uno reflexiona en lo que son los tales celos llega a la conclusión de que no sirven para nada. El hombre que cela a una mujer verdaderamente no sabe con qué cuenta.
Pues supongamos que, en el mejor de los casos, a base de tanta vigilancia, llegue junto a él ya hasta edad avanzada y muere con él, ya anciana. Verdaderamente, no supo nunca con quién contó. Lo bueno es saber con quién se cuenta, qué clase de mujer tenemos, si es buena o si no lo es, si es virtuosa o si no lo es. Lo mismo digo a las mujeres, nada ganan ellas con celar a sus maridos. ¿Para qué sirve eso?. Lo bueno es saber con quién cuentan, he ahí lo que verdaderamente es útil.
¿No han oído ustedes hablar acaso del gigante aquel de Las Mil y Una Noches?. Un coloso allá, que tenía una pobre mujer, y digo pobre mujer porque la tenía metida entre una caja con siete sellos, siete candados.
¡Era tan celoso el gigante!. La cuidaba como a la niña de sus ojos.
Únicamente la sacaba de entre la caja para dormir con ella, y al otro día la guardaba. Nada agradable la vida para esa pobre mujer. Pero cuando una mujer es astuta, se las ingenia y delata todo.
Lo curioso del caso fue que sucedía que se le escapaba por la noche. Ella fingía dormirse entre los brazos de su marido, ahí se dormía muy tranquilita. Y cuando ya el gigante estaba dormido, muy quedito se levantaba, y por ahí no le faltaba algún amante. Cada amante que dormía con ella le regalaba un anillo. Y después de todo, volvía a acostarse entre los brazos de su dueño.
Él, cuando despertaba, la hallaba allí sin saber qué había pasado, y claro, a la caja la metía con candado, siete candados. ¿De qué le servía al gigante eso?. ¡De nada!. Y un día, el pobre descubrió el engaño. Sí, halló los anillos en las manos de la mujer. Supo lo que había pasado. No la mató, dice Las Mil y Una Noches, no; comprendió su tontería, la dejó en paz, la dejó ir.
Así pues, de nada sirve tener una mujer así. Candados, cerrojos, ¡eso es una tontería!. No somos dueños de nada ni de nadie. Si no somos dueños de un alfiler, que a la hora de la muerte tenemos que dejarlo, mucho menos vamos a ser dueños de una “joya con patitas”. ¡Eso es absurdo!.
Si uno reflexiona en lo que son los tales celos, verdaderamente llega a comprender que son absurdos. Y cuando uno se ha hecho consciente de lo que fueron esos celos, pues entonces dice: “Bueno, ahora sí voy a desintegrar este Yo que me estaba atormentando”.
¿Cómo lo desintegra?. Hace un instante aquí El Maestro Gargha Kuichines hablaba de La Divina Madre Cósmica. Bien, no hay duda de que tenemos que apelar a un poder que sea superior a la mente.
La mente puede rotular un defecto con distintos nombres, puede llamarlo celos, o puede hasta darse el lujo de decir: “No, no son celos. Es únicamente pues prevención, precaución. No, lo que pasa es que tengo que cuidarla. Ella es muy delicada y, de pronto, hay alguno que la engaña”.
Bueno, tonterías de que se vale la mente para justificarse. En un momento dado los celos pueden justificarse de múltiples modos, pero si dejamos a un lado las justificaciones y las evasivas y reflexionamos y comprendemos, comprendemos mejor.
Después de haber comprendido, tenemos que apelar a un poder que sea superior a la mente. Esa mente puede, repito, rotular cualquier defecto con distintos nombres o esconderlo de sí mismo, de sí misma o de los demás.
¡No!, lo que se trata es de desintegrar el defecto. Solamente con un poder superior a la mente podemos desintegrar ese defecto de los celos. Afortunadamente, existe. Quiero referirme ahora a La Divina Madre Cósmica.
Los pueblos la han adorado. Es La Guadalupana, es Tonantzin, es Isis, es María, es Cibeles, es Diana, etc. Cada pueblo le ha rendido culto, ¡pero existe!. No será únicamente una persona, ¡no!. Cada uno la carga adentro; eso es lo que no se había enseñado antes.
Sucede que nuestro Ser Divino, allá en las profundidades, tiene pues muchas partes, y una de esas partes, que es por cierto, de las más importantes, es La Divina Madre Cósmica.
De manera que La Madre Cósmica es una de Las Partes Divinas de nuestro propio Ser. Aclaro, no es ELLA ningún Yo. Distíngase entre Yo y Ser. El Ser es Divino, El Ser es Espíritu, y La Madre Divina, La Madre Cósmica, es una de Las Partes del Ser.
Los indostanes la llaman Kundalini, La Divina Madre Kundalini. Claro, en forma popular, el pueblo no entiende esto, y el pueblo la simboliza, le pone el nombre de María, o Adonía, o Insoberta, o Rea, etc., pero cada uno lleva esa Madre Cósmica en su interior.
Es un poder fohático, es un Fuego Sagrado. Si uno ruega a esa Madre Cósmica desintegre ese defecto psicológico de los celos, ella así lo hará.
Escrito está por los indostanes que La Kundalini tiene poder para liberarnos. Así pues, si rogamos a Devi Kundalini que reduzca a polvareda cósmica a ese Yo de los celos, ¡lo hará!.
Obviamente, se necesita trabajar para poder lograrlo, pero si uno, en otras circunstancias, vuelve a sentir los mismos celos, ¿qué hacer?. Pues significa que todavía no se ha desintegrado ese Yo de los celos. Entonces tiene que volver a trabajar, tratar de comprender mejor lo que son los celos, hacerse consciente de lo que son los celos, suplicar a La Divina Madre Cósmica en su interior que reduzca a polvo ese Yo de los celos. Al fin, llegará un día en que no sentiremos celos. Cuando eso sea, ese Yo ya ha muerto. >FA<