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175 EL ENIGMA DE LA MUERTE
CONFERENCIA INEXISTENTE EN LA PRIMERA EDICIÓN IMPRESA DEL 5º EVANGELIO
TÍTULO EN LA 2ª EDICIÓN DEL QUINTO EVANGELIO DE A.G.E.A.C. (2019):
VIDA DESPUÉS DE LA VIDA (53:05)
NÚMERO DE CONFERENCIA: 175 (HASTA LA 5ª EDICIÓN: 285)
FUENTE EN AUDIO:DESCARGAR
CALIDAD DE AUDICIÓN:REGULAR
DURACIÓN:1:02:06
CORRELACIÓN TEXTO/AUDIO:AUDIO AJUSTA TOTALMENTE A LA TRANSCRIPCIÓN
FECHA DE GRABACIÓN:1975/??/??
LUGAR DE GRABACIÓN:NO CONSTA
CONTEXTO:CONFERENCIA PÚBLICA
FUENTE DEL TEXTO:2ª EDICIÓN IMPRESA DEL QUINTO EVANGELIO
>IA< Caballeros y damas. A todos me dirijo esta noche. El propósito de esta plática, es saber algo sobre sí mismos, sobre los misterios de la vida y de la muerte. Los científicos quieren conocer el origen de la vida, pero en realidad de verdad, no es posible que sepan nada sobre el origen de la vida sin antes haber conocido el enigma de la muerte.
Ver a un ser querido en medio de la sala, metido dentro de un féretro, no es haber conocido el misterio de la muerte. Ciertamente, la muerte tiene una honda significación y eso es, precisamente, lo que vamos a estudiar esta noche. Quien llegue a conocer los misterios de la muerte, conocerá el origen de la vida, porque la vida y la muerte se hallan plenamente asociadas.
Si el germen no muere, la planta no nace. Si la bellota no muriera, la encina no nacería. La muerte y la vida se hallan íntimamente asociadas, relacionadas, y eso es lo que vamos a estudiar esta noche.
Al final de la plática habrán preguntas, y entonces los que quieran preguntar podrán hacerlo con la más entera libertad; antes no es posible porque estamos desarrollando tan solo el tema este. Concluido el tema, queda abierta la discusión.
Obviamente, si queremos saber algo sobre el enigma de la muerte, se necesita primero que todo, saber qué somos; solo así podremos saber algo sobre la muerte.
El cuerpo físico no es todo. Un cuerpo de carne y hueso está formado por órganos, por eso se le denomina organismo. Los órganos, a su vez, se componen de células; las células están compuestas por moléculas, y las moléculas por átomos.
Y si fraccionamos un átomo cualquiera, liberamos energía. Así que en última síntesis, el cuerpo queda reducido a energía, energía atómica.
Pero, ¿Qué hay en el fondo de esa energía humana?. ¿Qué es lo que existe realmente en el fondo del organismo?. Se necesitaría inventar algún aparato para saber qué es lo existe en el fondo vital orgánico.
Los científicos conocen la mecánica de la célula viva, pero ¿Qué saben del fondo vital?. Hemos visto que juegan con la mecánica de la célula, pero nada saben sobre el fondo vital de la célula viva. Hacen injertos magníficos, lo suficiente buenos como para destruir la verdadera originalidad de los frutos, y se tienen frutos productos del adulterio, ¡absurdo!; pero para ellos, esa es una gran ciencia.
Hacen trasplantes, hacen inseminaciones artificiales, etc. Pero eso no es jugar con la vida, eso es jugar con la mecánica de los fenómenos, jugar con lo que está hecho. Ellos no son capaces de hacer ni siquiera un simple germen vegetal que pudiera germinar. Han inventado aviones atómicos maravillosos, ya los hay cargados con bombas explosivas. Se han inventado submarinos atómicos, cohetes que viajan a la Luna, etc.
Pero hasta ahora no han sido capaces los hombres de ciencia, de inventar un germen vegetal capaz de reproducirse. No se conoce tal germen.
Don Alfonso Herrera, el gran sabio mexicano, logró crear la célula, una célula artificial, pero fue una célula muerta, nunca tuvo vida. Sin embargo, los materialistas creen que se las saben todas de todas, y se han convertido en pontífices de la materia, pero nada saben sobre la materia.
Esa es la cruda realidad de los hechos.
¡Teorías! Eso abunda por montones, pero ¿Qué se sabe, en realidad de verdad, sobre la materia?, ¿O sobre las leyes que ciertamente la rigen?. Nada. Así que, en el fondo del organismo, tiene que existir algo. ¡Existe! El cuerpo vital.
En Rusia, los científicos inventaron un aparato para ver el cuerpo vital y ya lo tienen fotografiado. De manera que se ha llegado a la conclusión de que el organismo no es pura química ni pura física, hay algo más.
Y ya se fotografió el cuerpo vital. Se le ha dado un nombre, se le ha llamado “cuerpo bioplástico”.
Claro, el orgullo es muy grande, y creen los científicos rusos que ellos lo descubrieron, pero no se dan cuenta que en la India se viene hablando del cuerpo vital hace muchos siglos; se le llama el Lingam Sharira.
Sin el cuerpo vital, ningún cuerpo orgánico podría existir. Si a una persona nosotros le extraemos el cuerpo vital, esa persona muere inevitablemente.
En cierta ocasión, un médium espiritista, en estado de trance, proyectó su cuerpo vital a cierta distancia. Un periodista que se hallaba allí presente, al ver aquel cuerpo vital frente al médium, quiso cerciorase si eso era una realidad o una simple fantasía.
Sacó su pistola y disparó contra aquel fantasma. El resultado fue fatal. La bala apareció entre el cuerpo del médium, exactamente en el corazón. Murió el infeliz en el experimento. Claro, aquel periodista tuvo que haber sido enjuiciado por asesinato, eso es un hecho.
Así que ha quedado completamente demostrado que, sin el cuerpo vital, el organismo físico no puede existir. ¿Cómo podría existir?
El cuerpo vital se dice que tiene cuatro éteres: el éter químico, que sirve de agente a todas las funciones bioquímicas del organismo; el éter de vida, que se relaciona con los procesos de la reproducción de la raza; el éter luminoso, que está relacionado con las calorías y las percepciones; y el éter reflector, que sirve de instrumento a la imaginación y a la voluntad.
A los científicos en Rusia no les queda más remedio que aceptar el cuerpo vital. Aunque tuvieron que bautizarlo con otro nombre, ¡así es el orgullo!.
Pero lo aceptaron. Ante los hechos, no les quedó más remedio que rendirse, porque hechos son hechos.
Se le ha podido fotografiar en relación directa con los órganos, se le ha podido fotografiar separado de los órganos. Cada una de sus partes está siendo fotografiada y estudiada. Así que el cuerpo físico está penetrado por un cuerpo vital, que es el asiento de la vida orgánica.
Más allá del cuerpo vital existe otra cosa. ¿Qué será?. El Ego. ¿En qué consiste el Ego o el Yo?. Es un manojo de pasiones, deseos, odios, rencores, ambiciones, etc.
Obviamente, lo más digno que tenemos nosotros dentro de sí, lo más decente, La Esencia misma de nuestro Ser está enfrascada, embotellada entre el Ego, entre el Yo de la psicología.
Cuando uno golpea una puerta y le preguntan: “¿Quién es?”, y uno responde: “Yo”. Pero bueno, ¿Qué cosa es ese Yo? Repito, es una suma de odios, rencores, envidias, apetencias, temores, etc. Eso es el Ego, el Yo.
La Conciencia normalmente está enfrascada entre el Ego. Por ese motivo está dormida, inconsciente. Esto significa que todos los seres humanos tienen La Conciencia dormida. Andan por las calles como sonámbulos.
Creen que están despiertos, más sueñan.
Las Sagradas Escrituras insisten en la necesidad de despertar, pero no enseñan cómo. He ahí lo grave.
Las gentes suponen que sí están despiertas, pero eso no es cierto, están dormidas. A ustedes se les hará extraño que les digamos aquí que están dormidos. Ustedes están seguros de que están despiertos, y al decirles que duermen, que están inconscientes, posiblemente les sonará esto como algo fantástico, como algo que nunca habían oído, algo extraño porque se creen despiertos.
Si ustedes estuvieran despiertos, podrían ver el cuerpo vital del que he hablado, y conocerían directamente, por sí mismos, los misterios de la vida y de la muerte. No necesitaría estarles yo explicando lo que son esos misterios; para ustedes, tales misterios serían algo palpable, algo que podrían ver, oír, tocar, una cruda realidad.
Pero no, esos misterios los desconocen porque están dormidos. Si alguien despierta La Conciencia, conoce los misterios de la vida y de la muerte.
Cundo La Conciencia se despierta, aflora en nosotros la flor de la inteligencia, es decir, la intuición. La intuición contiene, en sí misma, nuestros cinco sentidos: ver, oír, tocar, palpar y oler; y siete más.
Es decir, es el sentido espacial, que contiene en sí mismo, doce sentidos o facultades del Ser.
Cuando aflora ese sentido superlativo del Ser, la intuición, indubitablemente tenemos acceso a los misterios de la vida y de la muerte. Ya no veremos solamente el féretro del ser querido que falleció con su cuerpo, ahí, ¡no!, veremos algo más.
Veremos al difunto fuera del cuerpo físico y hasta nos daremos el lujo de platicar con él.
Hace poco acaeció en nuestra asociación, allá en México, Distrito Federal, un acontecimiento insólito. Sucedió que un misionero gnóstico muy dado a hacer marometas, le dio ese día por subirse a la azotea; luego intentó bajar desde la misma para penetrar por un balcón, y en la barda había un pedazo de ladrillo; se paró sobre el pedazo de ladrillo y es claro que este se fracturó, se volvió pedazos, y el hombre fue a parar al fondo, al patio.
Duró algunos instantes vivo, lo suficiente como para poder dar su declaración ante las autoridades de La Cruz Roja. Posteriormente, se dedicó a pronunciar palabras esotéricas, a hacer exorcismos, conjuraciones, y murió.
Obviamente, hubo que velarlo en un salón de la institución. Nos hallábamos todos reunidos alrededor de su féretro, en oración por él, cuando de pronto algo extraordinario sucede. Una hermana gnóstica entró en trance psíquico y ya estaba a punto de desmayarse cuando tuvimos que auxiliarla.
Ante el féretro, el Ego dueño del cuerpo, es decir, el desencarnado Ego, se metió dentro del cuerpo de la hermanita aquella y habló. Dijo cosas terribles: “Oooh, qué espantosa es la muerte! ¡Qué terrible! Estoy en manos de Proserpina—Coatlicue y Ella es terrible, es la diosa de los infiernos y la muerte”.
Al fin dijo: “¡Samael sálvame! ¡Ayúdame! Yo quiero retornar nuevamente”.
“Bueno amigo (le dije), no tema a la muerte, usted está desencarnado. No tiene por qué tenerle miedo a la muerte. Acuérdese que usted es un misionero gnóstico, así, ¿Por qué ha de temer?”.
Se puso a exorcizar, podía exorcizar, a usar palabras mántricas, etc.
Posteriormente, solicitó se le permitiera transportarse a Egipto, a la tierra de los Faraones. Nosotros le auxiliamos, le dijimos: “Abandona el cuerpo de esta mujer. Usted puede, en segundos, ir a Egipto”.
Así lo hizo. Y es claro que la pobre mujer quedó libre. En esos instantes, hicimos grandes esfuerzos para despertarla de su sueño mediumnico. Quedó bien.
De manera que resulta interesante todo esto de la muerte.
Nosotros constantemente hacemos experimentos en relación, precisamente, con ese gran enigma que es la muerte.
¿Qué es lo que va al panteón? Tres cosas. Primera: El cuerpo físico; Segunda: El cuerpo vital de cual les he hablado esta noche; y Tercera: La personalidad del muerto.
Quiero que ustedes sepan que, en realidad de verdad, nadie nace con la personalidad, eso es algo que hay que crear. La personalidad se crea durante los primeros siete años de la infancia y se robustece con el tiempo y las experiencias.
A la hora de la muerte, la personalidad del difunto va al sepulcro; a veces, está en su sepulcro; a veces, ambula fuera. Cuando es muy densa, suele hacerse visible, ya sea en el panteón o en lugares conocidos que antes frecuentara.
Me vienen en estos momentos a la memoria el caso de cierta dama que estuvo en una noche danzando muy alegremente. Se había hecho una fiesta y aquella dama, en esa casa, reía feliz y bailaba. Por las tres o cuatro de la mañana terminó la fiesta.
Se retiró el conjunto que había alegrado a la gente, y aquella dama manifestó que hacía mucho frio, que deseaba irse ya a su casa, pero que no había traído un abrigo para defenderse del frio. Por ahí, unos jóvenes admiradores le ofrecieron una chamarra, ella la aceptó de buena gana. Luego, se ofrecieron para llevarla a su casa. Ella subió al coche, la condujeron hasta la casa. Ya allí, dio las gracias y bajó del carro.
Entró, pues, a su residencia. Los jóvenes continuaron su camino, más uno de ellos, el dueño precisamente de la chamarra, exclamó: “¡Oooh! Olvidé pedirle mi chamarra. Mañana vengo por ella”.
Y ciertamente, al otro día fue en busca de su chamarra. Golpeó. Una anciana salió a recibirlo. “Señora (le dijo), ¿Puedo hablar con su hija fulana de tal?, pues le presté mi chamarra anoche en la fiesta y no me la regresó”.
La anciana respondió: “¿Mi hija?, hace mucho tiempo que murió. En cuanto a su chamarra, tendrá que ir a buscarla al panteón”.
Es claro que aquel joven tomó la cosa en broma, nunca pensó que la cuestión fuera tan seria. Pero al ver el rostro de la anciana, tembló. Cuanto antes se dirigió en el carro hacia el panteón. Y ciertamente, tengo que decirles a ustedes que encontró al fin la fosa sepulcral de la difunta, allí estaba el nombre y el apellido de la misma, y sobre la fosa, la chamarra.
El joven no pudo menos que sentir indecible terror. Cuanto antes se alejó de allí.
Entonces, ¿Quién fue el que la dejó?, ¿Quién fue aquella dama que estuvo tan contenta?. No hay duda de que la personalidad de la difunta. Y es que la personalidad suele materializarse, hacerse visible y tangible. En algunas ocasiones, hasta se ha podido fotografiar. Pero, poco a poco, la personalidad del muerto se va disolviendo hasta que al fin concluye.
Por esas personalidades de los difuntos hay que tener compasión. Esas personalidades imaginan que las fosas sepulcrales es el salón donde murieron o su recámara y, precisamente con la imaginación, modelan la luz astral del recinto funerario.
Suelen salir y entrar esos difuntos a tales sepulcros como si estos en verdad fueran su casa, casa donde murieran. Por eso, nuestros antepasados de Anáhuac supieron siempre sentir piedad por los difuntos, y enterraban a sus muertos con aquellas cosas que ellos más querían.
No dejaban de poner entre las sepulturas el pulque, las prendas de vestir y las ollas; y las cosas aquellas que el difunto más amaba, porque sabían muy bien los antiguos que los difuntos, entre las sepulturas, se sienten como si estuvieran en su casa, creen verse en la recámara donde murieron o en la clínica donde fallecieron, etc. Nunca piensan que están entre un sepulcro.
Ellos confunden el sepulcro con el lugar, con el cuarto o con la clínica donde fallecieron. Todavía hoy en día, los hermanos en el Distrito Federal acostumbran a llevar a los difuntos, en el “día de los muertos”, comidas que ellos apetecían, encienden las veladoras, y muchas gentes permanecen toda la noche en el panteón.
Aunque parezca risible, es cierto y de toda verdad, que esas personalidades se apresuran a abrazar a los seres que llegan a visitarles, prueban los alimentos, extraen de ellos la quinta esencia, se la comen, se la beben, y si al otro día nosotros vamos a probar el alimento, descubrimos que le falta algo, que hay un algo físico que ya no está allí presente.
En otros tiempos las gentes no ignoraban esto. Se rendía culto a los muertos. Recordemos todo el culto a los difuntos en la antigua China, no en la de Mao, no, en la China antiquísima, milenaria. Recordemos el culto a los muertos en el país de los Faraones, en Egipto. El culto a los muertos aquí en nuestro país, en México, etc.
Ahora bien, es bueno entender que no todo va al panteón. Repito, al panteón no va sino el cuerpo, el vital o fondo vital orgánico y la personalidad del muerto. Pero el Ego, el Yo de la psicología no va al panteón.
El difunto sigue en el estatus psicológico con La Conciencia dormida. El difunto asiste al velorio, ve el velorio, pero jamás piensa que ese cuerpo que está ahí en el féretro es su propio cadáver; él cree que se trata de otra persona, de alguien que falleció, de alguien que murió, pero nunca piensa que él murió.
Asiste a la mesa, como siempre, en su casa, y si pide el desayuno, obviamente, su mujer se lo trae, o su hermano, o quien sea. ¿Por qué?. Porque el subconsciente de sus propios familiares le responden. Saluda a un hermano, el hermano le contesta; si saluda a su mujer, su mujer le contesta.
Pero ¿Quién le contesta?. Es el subconsciente, el Ego de su mujer, el Ego de su hermano o de quien sea, o de su familiar, o de su pariente. Le trae la comida que él pidió, pero tal comida no será un plato físico, no será un “mole” bien preparado ahí en un plato, no.
Entonces, ¿Qué clase de comida le trae?. Le trae una comida mental, una forma mental, la forma mental de un plato de mole, la forma mental de una taza de café o de un vaso con agua.
Pero para el difunto esa forma mental es una realidad. El cree que es una realidad física, él no sabe que ha muerto, come aquello convencido que es algo físico.
Él ignora que esa es únicamente una forma mental. El nada sabe sobre la mente, nadie le ha enseñado nunca nada sobre eso. De manera que para él lo que le traen es terriblemente real, se lo come y se lo bebe.
Todo eso sucede tras esta barrera de los sentidos, todo esto sucede en el espacio psicológico. Alguien podría refutar todo esto y lanzar cincuenta mil teorías; todo el mundo es libre de pensar como quiera. Pero quienes estamos en estos estudios debemos de tener el valor de dar testimonio de lo real, aunque otros no lo crean.
No esperamos que ustedes todos crean lo que yo estoy diciendo, sería imposible que todos lo crean. Aún más, si traen la cabeza llena de teorías de todo lo que han leído, lo que aprendieron en la universidad, de lo que leyeron en los libros, están absolutamente seguros de que tienen una información tan exacta, que pueden perfectamente rebatir.
Obviamente, repito, cada cual es muy libre de pensar como quiera, pero los que hemos experimentado dentro del terreno de la metafísica estamos obligados, para bien de nuestros semejantes, a decir la verdad, cueste lo que cueste.
Prosiguiendo aquí con estas disquisiciones, mis queridos amigos, no está de más decirles que, en cierta ocasión, conocí yo a una dama que asombró a todo el mundo anunciando, con mucha antelación, la fecha de su muerte.
Incuestionablemente, tenía su Conciencia despierta.
Un año antes de fallecer lo declaró. Dijo: “El año entrante, en fecha tal, 16 de julio, desencarnaré”. Y ciertamente, el 16 de julio desencarnó. ¿Quién se lo dijo?, ¿Este científico podría explicar ese fenómeno?
Y el día que estaba en agonía, cuando los familiares, de acuerdo con las costumbres antiguas, la velaban para acompañarla en la oración, se vio un fenómeno inusual: se la veía en el jardín, regando las plantas, iba y venía muy ocupada. Los familiares todos subían. Muy de madrugada, a las tres de la mañana, la asistieron cuando abría un viejo portón de la antigüedad.
A esas horas se presentó en una casa vecina, abrazó a una señora despidiéndose de ella: “Adiós, le dijo, me voy”.
Y se presentó en otra casa, tocó una campana al estilo antiguo, y se despidió de todas las gentes que la vieron y la oyeron. Y dondequiera que hubiera amistades, allá se presentaba, despidiéndose.
Tengo que informarles que no hubo necesidad de repartir esquelas de invitación para el sepelio. Bien de madrugada se llenó la casa de gentes vestidas de negro. Entonces, fue llevada al panteón. Se pudo ahorrar las tales tarjetas, ella misma invitó a su gente personalmente.
Cualquiera que lo haya estudiado se diría: “¡Absurdo!”.
Sí, es muy fácil decirlo, pero los hechos son hechos, y ante los hechos tenemos que rendirnos, y yo les tengo que dar testimonio aquí de lo que hemos experimentado por sí mismos. Negarlo es cosa fácil, pero explicarlo no es tan fácil, y mucho menos refutarlo.
Así que, estrictamente, me limito a dar testimonio de hechos concretos, de hechos insólitos.
Estaba yo muy joven todavía, tal vez dieciocho primaveras tenía. Y tenía una novia que se llamaba Urania. Hablo en forma simbólica, claro, por no dar nombres ni apellidos. Pero sí recuerdo, que en alguna ocasión, me alejé de aquella persona, pues no me sentía lo suficientemente enamorado como para permanecer con ella.
Y hallándome en un pueblo de tierra caliente, en Veracruz, pues tuve suerte porque una señora allí me dio hospitalidad. Yo dormía en una sala que había, que daba a la calle. Es claro que necesité de un pabellón para protegerme de la plaga de los insectos: mosquitos, zancudos, todo eso.
Y a media noche, cuando todavía yo ni me había dormido, algo golpeó tres veces acompasadamente en la puerta. Como es natural, quise sentarme para salir a abrir a quien fuera. Entonces aparece aquella dama, pero antes que todo, lo primero que se dirige hacia mí fueron sus manos, que atravesaron el pabellón; sus dedos, que parecían amenazantes sobre mi rostro, y luego, el cuerpo entero de aquella persona.
¿Qué decía?, Cincuenta mil cosas: “Ingrato (decía), malvado, te fuiste, no te despediste de mí y me abandonaste”, y lloraba amargamente.
¿Pude hablar? Se me trabó la lengua. El caso no era agradable, y aquellas manos me acariciaban el rostro. ¿Qué hacer?.
Me acordé de que se podía hablar mentalmente; ya que no podía articular palabra, pues el espanto fue bastante fuerte.
Mentalmente le dije:
“-Retírese usted, ¡fuera!, ¡largo de aquí!”
“-Me voy (dijo), sí, me voy. Hasta luego, ingrato”
“-Pero vete cuanto antes, le dije mentalmente”
El fantasma aquel avanzó sobre el piso y llegó a la puerta, pero en esos instantes algo surgió en mí, un extraño valor. Me dije: “Este es el preciso momento de investigar esta cosa de los fantasmas, para saber qué hay de cierto en todo esto. He oído tantos relatos sobre fantasmas, pero nunca como ahora tengo la oportunidad. Voy a investigar a ver qué hay de cierto en esto”.
Claro, con el solo pensarlo así de esta forma y de esta manera, me llené de valor, y al llenarme de valor, pude hablar, pude articular la palabra.
Entonces le dije al fantasma:
”- No se vaya, regrese usted”.
El fantasma respondió:
”- Sí, me regreso”.
Y se regresó. En esos instantes encendí la luz; afuera, una penumbra de luz había. Examiné mis propias facultades: mis ojos, mis oídos, en fin, mis sentidos de percepción, para cerciorarme que estaban funcionando correctamente.
No estaba yo borracho, no estaba hipnotizado, estaba en el perfecto uso de mis facultades. Tampoco había comido nada que me hubiera producido una pesadilla, nada de eso. Así que el estado de mis sentidos era correcto. Ya después de que me convencí de que funcionaban perfectamente mis sentidos y que no era víctima de ninguna alucinación, examiné al fantasma detenidamente, que tenía la forma de aquella mujer.
“Deme la mano (le dije)”. Me dio la mano. Tomé el pulso, encontré una pulsación perfecta. Toqué su corazón, palpitaba. El hígado, sí, tenía hígado. Pero ¿Qué clase de materia era aquella? Era muy semejante a la materia de carne y hueso, mas no igual. Había una sutil diferencia entre un cuerpo físico y aquel extraño ser.
Algo que me consta, algo que vi, algo que toqué, palpé. Cuando me convencí ciertamente de que los fantasmas sí existían, aunque había tanta gente escéptica que los negaba, entonces exclamé: “Estoy contento con la investigación. Puede usted retirarse”.
Y aquel fantasma se retiró. Anoté día, fecha, hora del acontecimiento.
Y mi cuarto quedó perfectamente frío, helado.
Instantes después alguien golpeaba, ya no en la puerta de la calle, sino en la puerta que daba para el interior de esa casa. Abrí. Era la dueña de la casa.
-
Joven (me dijo), yo le he dado aquí hospitalidad, porque creí que usted era un joven decente, pero ahora me doy cuenta de que no lo es, porque ha metido aquí mujeres en mi casa. De manera que vengo a hacerle ese reclamo.
-
Mire, señora, que yo no he metido mujeres en su casa. Usted está equivocada.
-
Sí, ¿Y con quién estaba hablando? ¿Usted me viene a hacer a mí tan tonta?
De manera que usted no ha respetado mi casa.
- Oiga, señora, lo siento mucho, pero lo que ha sucedido es que…
…Y le conté la historia.
Aquella señora, dueña de casa, entró en la habitación. Se sorprendió espantosamente al encontrar la habitación llena de hielo, terriblemente fría, helada, y en pleno Veracruz, en tierra caliente donde todo mundo está sudando, y en época de primavera.
-
¡imposible! (dijo ella), pero ante esto no me queda más remedio que aceptarlo.
-
Convénzase usted por sí misma.
El frío era espantoso. Aquella señora se persignó.
- ¡Ave María Purísima! ¡Santo Dios!
La pobre viejita, temblando, se fue cuanto antes, posiblemente a rezar su rosario. Pasaron cuatro meses. Al fin, un día cualquiera, volví a encontrarme a la susodicha dama, le conté lo que había acaecido.
Ella me dijo: “Sí, en ese día, a esa hora de la noche, lo único que recuerdo es que estaba durmiendo y me soñé con usted. Me soñé con usted que estaba en un lugar así de tierras calientes. Es lo único que recuerdo”.
Entonces, atando cabos, como se dice, llegué a la conclusión de que aquella mujer se había acostado pensando en mí, y entonces se produjo un desdoblamiento. El Ego, el Yo de ella vino a dar a mí, y era tal el deseo que tenía de verme que materializó aquel fantasma. Esa fue mi conclusión.
Pero ahí no terminó la cosa, mis queridos amigos. La cosa fue más grave, murió al fin esa mujer. Un día de esos, una noche, estando yo acostado muy tranquilo en mi camita, el fantasma de la difunta se presentó nuevamente en mi recamara, y se metió en mi cama, que ha abrazarme.
¿Habrase visto cosa más absurda?
¡Buscar querer después de muerta! ¡Válgame Dios y Santa María!
Entonces, no me quedó más remedio que decirle algunas palabas muy fuertes. Como decimos por ahí, en términos vulgares, tuve que rezarle la letanía mayor, hablarle en términos tan descoloridos, que no le quedó más remedio que retirarse para jamás volver.
Estos son hechos psíquicos extraordinarios de los cuales les doy testimonio, porque si me pusiera únicamente a darles testimonio de cosas que no he experimentado, ustedes podrían decir: “Este señor ha leído algunos relatos y eso es lo que nos cuenta”.
Prefiero hacer relatos de lo que yo mismo haya visto y oído.
Ahora les contaré el caso de cierto amigo, misionero gnóstico, que posiblemente algunos de ustedes conocen. Me refiero a nuestro hermano Joaquín Amortegüi, El Maestro Rabolú.
Llegó este Maestro gnóstico a Perú. Consiguió que le dieran hospitalidad en una casa, una casa de gnósticos. Y luego, le dice el señor de la casa:
- Ahí hay un cuarto. Nadie puede dormir en ese cuarto, porque en ese cuarto espantan. Hasta ahora no se conoce a nadie que haya podido hacerlo. Por lo tanto, le voy a dar a usted otro cuarto muy distinto.
Pero el Maestro Rabolú, bastante investigador, dijo:
- Quiero quedarme en ese cuarto.
-Bueno, señor, está bien, pero ahí los que alguna vez intentaron dormir, salieron huyendo despavoridos.
- No importa, me gusta el cuarto. Eso es lo que yo quiero. Vamos a ver si yo también salgo huyendo despavorido.
Y se estableció en el cuarto. Metió sus maletas, colocó la ropa dentro del clóset y se acostó tranquilo, dispuesto a ver qué pasaba. Claro, el hombre no tuvo ganas de dormir esa noche, él quería saber qué pasaba. Les digo a ustedes lo siguiente: De pronto, siente ruidos extraños, miró, y sí señor. Había allí una mujer, y difunta, tenía falda larga hasta los pies, vestida a la antigua.
Él, valeroso, le dijo:
- ¿Qué es lo que usted busca?
Respondió :
- Busco a mi marido.
Le dijo:
- Pues usted está equivocada. Su marido desencarnó hace mucho tiempo.
Nada tiene usted que hacer en este cuarto. ¡Largo de aquí! ¡Largo!.
Ella se quedó mirándolo, y sí señor, se fue.
Después de este acontecimiento insólito, el Maestro Rabolú siguió durmiendo tranquilamente. Al otro día, se sorprendieron los dueños de la casa al ver que Rabolú sale muy tranquilamente del cuarto, muy bien arreglado, dispuesto a tomar su desayuno.
Le preguntaron:
-Pero ¿No vio usted nada, Maestro? ¿Qué pasó?
Entonces, él les contó la historia. Desde entonces, desde aquella época, ya los misioneros gnósticos pueden dormir tranquilos en ese cuarto, ya no pasa nada.
Son hechos concretos. ¿Y qué es lo que se hace visible en estos casos?.
Es el Ego, pues esa mujer había muerto hacía mucho tiempo, vestía al estilo colonial.
Alguna vez, en un viaje que hice fuera de nuestro querido país, México, andando por allá por Suramérica, llegué a Venezuela. Conocí a un extraño caballero llevando ropa negra; siempre andaba con una cajita. Viajé con él por distintos caminos, pero sí me asombraba que nunca dejaba su cajita.
Y viendo aquella extraña caja de madera, tenía una cruz pintada; la cruz negra, no me atreví a preguntarle mucho de qué se trataba, pero sí me dejaba bastante intrigado que nunca abandonaba tal caja, por dondequiera la llevaba.
Logré ganarme el cariño de aquel hombre, y un día de esos tantos me invitó a su rancho, que para hacer un experimento, que si yo tenía valor.
- Valor tengo (le dije), y me sobra. De manera que vamos al experimento.
Bueno. Invitó a otro caballero de raza de color también, más alto que él, más robusto, era su hermano; y a otro grupo de personas muy cercanas a él, familiares y parientes.
Nos sentamos alrededor de una mesa. Abrió con una llave su enigmática caja. Grande fue mi asombro al ver que lo que sacaba de entre de la caja era una calavera, el cráneo de un difunto. La caja la puso por allá, en algún lugar, y la calavera, sobre la mesa.
-
Esta calavera (dijo solemnemente), pertenece a un indio muy sabio, que vivía por aquí en estas tierras, que me ayuda.
-
Vaya, vaya (dije), vamos a ver en qué va a parar esto.
Luego, hizo algunas oraciones con mucha solemnidad. El cielo se llenó de nubarrones, comenzaron a caer rayos, la mesa aquella comenzó a moverse, luego se levantó, francamente violando la ley de la gravedad, ¡quedó en el aire!. Miré en las cuatro patas de la mesa, y sí, no había duda, aquella mesa había violado la ley de la gravedad.
Un huracán muy fuerte llegó hasta la casa, entró por la ventana y arrolló la estancia. Luego, la mesa se inclina hacia mí y aquella calavera resbala por la mesa, yo tenía los brazos así, y la calavera llegó y se posó sobre mis brazos.
Dije: “Está simpática esta calavera”.
Bueno, no es nada agradable que te llegue una calavera entre tus brazos a media noche, era un experimento de esos terribles. ¡Señor! Lo peor del caso fue que en el momento en que tenía aquel cráneo entre mis brazos, se desata la tempestad más terrible que ustedes puedan imaginar, rayos y truenos y de todo, y luego se presenta en la estancia la sombra de un hombre, el difunto.
Pasó muy cerca de mí y hasta me estropeó el traje. Siguió hacia el invocador, se acercó a él, y la tempestad arreció más fuerte. Entonces vi que la cosa se había puesto color de hormiga. La calavera se deslizó nuevamente y se posó sobre la mesa; la mesa continúa flotando en el aire.
Mi amigo, aquel hombre que era de raza negra, a pesar de ser negro, vi que palidecía y que temblaba, que casi no podía ni hablar. Al final de los experimentos, aquel hombre estaba espantado, terriblemente espantado.
Al fin habló con voz trémula, diciéndome:
-Mejor que dejemos este experimento, porque se ha desatado una gran tempestad, y esto está terrible, es peligroso. Mejor suspendamos el experimento.
Luego lo vi haciendo grandes exclamaciones, invocaciones típicas, mientras se veían los rayos, truenos, cataclismos, etc., y la mesa que flotaba, aquella siniestra medianoche, por allá en un rancho apartado, lejos de toda ciudad.
Pero, entiendo que sus súplicas fueron escuchadas, pues la mesa al fin se posó en tierra, la tempestad pareció menguar. Tomó el hombre el cráneo aquel, pero todavía temblando lo metió en la caja, luego le puso un candadito, y lo aseguró, y dijo:
-Mejor vámonos.
-Pues sí, vámonos. Y nos fuimos.
Este es un hecho concreto que me consta, y como se trata de dar testimonio de hechos, yo doy testimonio de los hechos, dejando a los aquí presentes libertad para aceptar o rechazar o interpretar este testimonio o estos testimonios como bien quieran. Yo me limito estrictamente a dar testimonio de hechos.
Queridos hermanos, la cruda realidad es que hay algo que continúa más allá del sepulcro, y ese algo es el Ego, el Yo, donde está embotellada La Conciencia, desgraciadamente, eso es obvio.
Sin embargo, sabemos nosotros que la eternidad se traga al difunto, pero la eternidad también vomita al difunto, a su tiempo y a su hora. Esto significa que el difunto regresa, retorna, se reincorpora a un nuevo organismo.
Esa es La Ley del Eterno Retorno de todas las cosas. Retornan los astros alrededor del Sol; retorna la Tierra siempre a su punto de partida original. Las estaciones cada año retornan; los meses, los años, los días, todo retorna. Retornan los átomos dentro de la molécula al punto de partida original.
No hay nada que no retorne. Entonces, ¿Por qué no habría de retornar el Ego, el Yo, el Mí Mismo, el Sí Mismo? Inevitablemente, retorna. Reconstruye nuevas células con sus percepciones y sus sensaciones dentro del vientre materno.
Se reviste con un nuevo organismo, vuelve a la existencia.
Eso significa que todos ustedes, los aquí presentes, han retornado, ¿Cuántas veces?, muchas. Ustedes son difuntos que han retornado, que han regresado, que ahora están con un nuevo cuerpo aquí presentes. Y un día de estos el cuerpo de ustedes será destruido, irá al panteón. Pero ustedes, de todas maneras, retornaran, regresaran, se reincorporarán en un nuevo organismo.
¿De qué manera? ¿De qué modo? De la misma forma en que lo han hecho ahora, igual, ni más ni menos.
Hay otra ley que se llama “Recurrencia”. Todo se repite, todo vuelve a suceder tal como sucedió, más sus consecuencias, tanto buenas como malas.
Estamos aquí reunidos nosotros, ¿Verdad? Estamos platicando, esto es Recurrencia. ¿Creen ustedes que esta es la primera vez que ustedes me escuchan?. Algunos, que ya me han escuchado en pasadas pláticas, dirán: “¡Claro que no! Nosotros le hemos escuchado antes”
Pero también hay personas que hoy han venido aquí por primera vez y creen que jamás me habían escuchado. Se equivocan. La Ley de La Recurrencia existe. Todo vuelve a ocurrir tal como sucedió.
Si hoy ustedes me están escuchando, se debe esto a que en una pasada existencia me escucharon, y que oyeron estas mismas explicaciones.
Un día todos nos iremos de este mundo, pero al regresar nuevamente, traeremos la misma película y la volveremos a proyectar sobre la pantalla de la vida, es la misma.
Un hombre es lo que es su vida. Si un hombre no cambia, si no trabaja sobre su propia vida, está perdiendo el tiempo miserablemente. Nosotros necesitamos hacer de nuestra vida una obra maestra. Mas esto no sería posible si no trabajáramos sobre sí mismos, si no elimináramos de nosotros mismos el odio, la envidia, la asqueante e inmunda lujuria, el egoísmo, los celos, el orgullo, la soberbia, etc., etc., etc.
Pero, ¿Cómo podríamos eliminar de sí mismos estos defectos?. Tenemos primero que descubrirlos, porque hay gentes que creen que no odian y sí odian; hay gentes que piensan que no son celosas y sí son celosas; hay gentes que piensan que jamás tienen ira y resulta que cuando uno los impone, truenan y relampaguean; gentes que son ambiciosas, pero creen que no lo son; que son codiciosas, pero piensan que no lo son.
Así pues, antes que todo, nosotros necesitamos descubrir nuestros errores.
Para descubrirlos, necesitamos estarnos mirando a sí mismos, auto observando en relación con las gentes. Es decir, en la interrelación, en la convivencia con otras personas, los defectos que tenemos escondidos afloran, y si estamos alertas y vigilantes como el vigía en época de guerra, entonces los vemos.
Defecto descubierto, debe ser estudiado. Necesitamos comprenderlo; solo así podríamos eliminarlo. Si no lo comprendemos, ¿Cómo haríamos para eliminarlo?. Necesitamos comprenderlo profundamente, y esto es cuestión de profundo discernimiento, de análisis, de observación.
Así, conforme nosotros vayamos eliminando nuestros defectos, obviamente,
La Conciencia irá despertando; y cuando todos esos defectos se eliminen,
La Conciencia de nosotros quedará despierta.
Una Conciencia despierta puede ver, oír, tocar y palpar los misterios de la vida y de la muerte. >FA<