Círculo de Cultura Gnóstica y Medicinas Ancestrales
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F047 LA INVOLUCIÓN HUMANA

FRAGMENTO DE TRANSCRIPCIÓN INEXISTENTE EN LA 1ª EDICIÓN DEL 5º EVANGELIO

TÍTULO EN LA 2ª EDICIÓN DEL QUINTO EVANGELIO DE A.G.E.A.C. (2019):

CRÓNICA DE LA INVOLUCIÓN DEL GÉNERO HUMANO (48:34)

NÚMERO DE FRAGMENTO:F047

FUENTE EN AUDIO:DESCARGAR

CALIDAD DE AUDICIÓN:MALA

DURACIÓN:48:34

CORRELACIÓN TEXTO/AUDIO:AUDIO AJUSTA TOTALMENTE A LA TRANSCRIPCIÓN

FECHA DE GRABACIÓN:1974/??/??

LUGAR DE GRABACIÓN:CIUDAD DE MÉXICO

CONTEXTO:TERCERA CÁMARA

FUENTE DEL TEXTO:EQUIPO DE www.gnosis2002.com

>IA< Ha llegado el momento, mis caros hermanos, de la reflexión. Necesitamos conocernos cada vez más a nosotros mismos. No debemos olvidar aquella frase de Tales de Mileto: “Nosce te ipsum” —Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los Dioses—.

Ante todo, tenemos que saber de dónde venimos, para dónde vamos y cuál es el objeto de la existencia.

Sobre la Tierra ha vivido la humanidad hace muchos millones de años. Recordamos por un instante el pasado: aquellas épocas de la Lemuria, de la Atlántida, de las épocas polares, hiperbóreas, etc., y descubrimos otra clase de seres muy distintos; son hombres en el sentido más completo de la palabra, pero incomprensibles, enigmáticos para nosotros.

Pensemos por un instante, en los lemures que otrora habitaran en el océano Pacífico. Eran hombres en el sentido más trascendental de la palabra, pero resultan exóticos para nosotros, incomprensibles, extraños. Pensemos en colosos; de cuatro, cinco, seis metros de estatura.

Eran hermafroditas sagrados, que se reproducían por medio de la gemación: de tiempo en tiempo, un óvulo se desprendía de sus ovarios, más tarde, de él salía, a modo de polluelo, una nueva criatura que se alimentaba del padre-madre. Indudablemente, mis caros hermanos, eran hombres, pero ¿qué clase de hombres? Su religión, sabiduría, ¿quién la conoce o la ha disfrutado? Parlaban en el orto de la divina lengua que, como un río de oro, corre bajo la selva espesa del sol.

Podían usar perfectamente trescientas consonantes y cincuenta y una vocales. Hoy, apenas si podemos usar las del abecedario de nuestro lenguaje y, eso, mal usado. Podían percibir hasta tres millones de tonalidades del color (pues entre paréntesis, tal número corresponde a todo el Megalocosmos, es decir, a todo el infinito). Sabían escuchar las sinfonías del Mahaván y del Chotaván que sostiene el universo firme en su marcha. Con su olfato psíquico, podían perfectamente conocer todos los problemas que surgiesen por aquí, por allá o acullá. El tacto era delicado, finísimo. Si hablaban a un volcán por su verdadero nombre, podían apagarlo o ponerlo en actividad. Esos eran los habitantes de la Lemuria.

Entonces como dice don Miguel de Cervantes Saavedra en su “Don Quijote”, no existía ni lo mío ni lo tuyo, y todo era de todos y cada cual podía coger del árbol del vecino sin temor alguno. Quien sabía tocar la lira, estremecía el universo entero con sus tonalidades. Más tarde, cuando la humanidad se degeneró, aquella lira de Orfeo cayó sobre el pavimento del templo, hecha pedazos.

Construyeron una civilización extraordinaria, maravillosa. Naves cósmicas de otros sistemas solares aterrizaban normalmente en ese viejo continente.

Como les digo a ustedes, aquella gente estaba constituida por hombres auténticos, colosos imponentes, verdaderos Bodhisattvas de los Dhyan-Chohan, de los Agnishvattas, de los Kumaras, de los Elohim, que en la aurora de la vida crearon un universo.

¿Qué podríamos decir de estas criaturas? ¿Quién las conoce? Hoy nuestros cuerpos están ya involucionados, degenerados. Los sentidos están en plena decrepitud y decadencia. Ni siquiera poseemos ya la razón objetiva de otros tiempos. Hoy solamente tenemos la razón subjetiva. ¿Qué podríamos, pues decir sobre esa clase de seres? Incuestionablemente, mis caros hermanos, ellos cooperaron, ayudaron a la Tierra, se concretaron en alguna forma, lograron algunas autorrealizaciones, perpetuaron >PI< [¿el Tao?] de sí mismos y se fueron. Entonces, estos cuerpos que tenemos actualmente no son sino las formas descartadas que ellos abandonaron, los desechos orgánicos que ellos no utilizaron.

Con otras palabras, diré lo siguiente: completada su labor, descartaron a sus formas, las abandonaron; de ahí que decimos que nuestros cuerpos, realmente, no son sino, formas eliminadas por ellos mismos. En esta situación, ¿cómo podríamos entenderlos? Si nosotros no somos sino formas descartadas, ¿cómo podríamos comprender esa clase de seres? Ellos se fueron para siempre, pero sus formas descartadas —aquellos cuerpos que ya no siguieron utilizando— fueron tomados por los elementales superiores de la naturaleza. Después de la destrucción de la Lemuria, de su sumersión entre el océano Pacífico, surgió la Atlántida, y todos los elementales superiores de la naturaleza vinieron a ocupar las formas descartadas por aquellos hombres lemures, sobre todo a fines de la Lemuria y principios de la Atlántida. Así pues, las Esencias de fuego que tienen estos cuerpos humanos surgieron de los reinos animales superiores, y eso después de que aquellos Inefables, aquellos Bodhisattvas, se marcharon.

Pasaron los siglos, mis caros hermanos, y los sentidos que ellos nos dejaron los destruimos con nuestras malas acciones. Una de las cosas que más perjudicó a la humanidad terrestre fue la de darle el Organo Kundartiguador. A finales de la época lemúrica, surgió tal órgano. Sucede que el Arcángel Sakaki —que vino en una nave cósmica junto con una altísima comisión de Individuos Sagrados—, considerando el estado de inestabilidad en que se hallaba la corteza geológica de nuestro mundo, resolvió darle a la humanidad tal órgano.

Para efectos, aquellos Individuos Sagrados dieron plena libertad al aspecto luciférico de los humanoides, que como ya decía a ustedes, eran tan solo los vehículos de los elementales superiores, puesto que los verdaderos Bodhisattvas se habían marchado casi todos, a excepción de unos pocos. Entonces, las gentes se reunían en los templos para procrear. El acto sexual era considerado como un sacramento, nadie se atrevía a realizar la cópula química fuera del templo; se hacían ritos lúdicos extraordinarios.

En determinadas épocas del año, la raza humana viajaba desde remotos lugares hasta el lugar de los templos. Grandes Maestros, los Kumaras, guiaban a aquella gente y la fecundación se realizaba en determinados momentos astrológicos, en aquellos instantes en que los rayos estelares eran más favorables. Nadie se atrevía a derramar el Vaso de Hermes; la reproducción era por Kriyashakti, la voluntad y el yoga. Pues como decía por ahí el Mensaje de Navidad de >PI<: «La semilla siempre pasa a la matriz sin necesidad de derramar el semen». Las múltiples transformaciones de la substancia infinita son maravillosas. Desafortunadamente, el poder luciferino se hizo cada vez más activo. Llegó a ser tal que las gentes ya no acudían a los templos para la fecundación. Cuando esto sucedió, vino la degeneración, se entregaron los seres humanos a la fornicación, lamentablemente.

Y como quiera que estaban acostumbrados a ritos sexuales, los siguieron repitiendo a su modo, con lascivia y abominaciones. Como resultado, mis caros hermanos, el abominable Órgano Kundartiguador surgió en la humana especie. Aquello es el Fuego Sagrado precipitado desde el coxis hacia los infiernos atómicos del hombre. Pero en nosotros se revistió de materia física, y bien exacto es que existió la cola de los simios en el animal intelectual, y esa, en sí misma, es una prolongación de la espina dorsal hacia abajo. Todavía, de cuando en cuando, se dan casos de gentes que nacen con dicha cola, con apéndice.

Obviamente, el cuerpo físico es una máquina encargada de captar las energías del Megalocosmos y de transformarlas y retransmitirlas a las capas anteriores de nuestro mundo Tierra. Así es como la economía orgánica marcha maravillosamente.

Cualquier alteración que sufra la máquina, podría indudablemente mutarlo en el tipo de transformación energética automática. Y cuando el apéndice aquel cola de los simios, el abominable Órgano Kundartiguador, apareció en la humana especie, hubo una modificación correspondiente en el proceso de transformación energética, y el tipo de ondas que entonces fueron traspasadas a las capas anteriores de la Tierra, como resultado final, vino a producir la estabilidad geológica de nuestro mundo Tierra.

Una vez que ya se estabilizó la corteza geológica en el mundo, entonces otra altísima comisión de Individuos Sagrados, que vino en una nave cósmica del espacio infinito, eliminó de la humanidad el abominable órgano. Por aquellos días, grandes terremotos y cataclismos acabaron con el continente Mu, y solo queda de ese viejo continente algunas islas. No está de más recordar Australia, Oceanía, la isla de Pascua frente a la costa de Chile, etc.

Muy interesantes son aquellos monolitos de la isla de Pascua, enormes efigies creadas por titanes, piedras labradas por gigantes maravillosos.

En la Atlántida, mis caros hermanos, se desenvolvió una civilización también poderosa. Desafortunadamente, quedaron en el organismo humano las malas consecuencias del abominable Órgano Kundartiguador. Esas malas consecuencias vinieron a cristalizar, a tomar forma en el Ego, en el Yo, en el Mí mismo, en el Sí mismo. Fue así como todos quedamos dotados con una segunda naturaleza, sumergida, inhumana, y dentro de ella quedó embotellada lo mejor, la Conciencia. En la Atlántida hubo también una civilización poderosa. Las malas consecuencias del abominable órgano Kundartiguador no pudieron expresarse con todo su vigor en la época preatlante. Obviamente, toda raza comienza con una Edad de Oro. Durante la Edad de Plata de aquel continente, situado en el océano Atlántico, tampoco alcanzaron una manifestación con fuerza las malas consecuencias del abominable Organo Kundartiguador. Pero durante las Edades de Cobre y de Hierro, en Poseidón y en todo ese archipiélago que en su conjunto formó el continente atlante, es obvio que las malas consecuencias de tal órgano asumieron proporciones catastróficas. No está demás decir >CM< … formaron las huestes tenebrosas de los señores de la mano izquierda.

Hubo un hombre en la Atlántida que fue el Manú Vaivasvata. Cuando ese hombre se dio cuenta de que habría un gran cataclismo, de que la segunda catástrofe transapalniana estaba a las puertas, de que la Atlántida iba a ser sumergida entre el océano que lleva su nombre, se dedicó a formar el Ejército de Salvación Mundial.

Por aquellos días habían guerras y rumores de guerras, se usaban las armas atómicas, muchas Ciudades indefensas eran destruidas. Existieron rayos de muerte, aviones atómicos, cohetes propulsados por energía nuclear, que podían atravesar el espacio infinito y llegar hasta la Luna, etc.

Pero la maldad se multiplicaba en forma escandalosa. Cuando el Manú Vaivasvata les dijo que la Atlántida iba a ser destruida, que vendría una gran inundación, nadie le creyó. Entonces, mis caros hermanos, a él no le quedó más remedio que organizar a su gente; y quienes a le escucharon, ingresaron a las filas del movimiento gnóstico -porque así él formó un movimiento gnóstico, como hoy lo estamos haciendo nosotros-, fueron salvos y guiados por los Kumaras. Salió de la Atlántida por dondequiera que halló tierra firme; grandes seres le guiaron inteligentemente. Comoquiera que el Manú Vaivasvata y sus séquitos —o sus adeptos— poseían también grandes poderes, pudieron actuar sobre los robots a tiempo.

Se trataba de robots dirigidos por elementales de la naturaleza, criaturas inteligentes que seguían a sus amos, los señores de la faz tenebrosa. Algunos de esos robots debían ser alimentados con sangre, y comoquiera que el Manú Vaivasvata tuvo que salir de noche, tomó medidas especiales. Se trataba de una huida secreta. Se dio a los robots, a aquellos que se alimentaban con sangre, su correspondiente alimento. Se trabajó sobre las inteligencias de esos robots para que no dieran aviso a sus amos; y se trabajó sobre sus amos para que durmieran profundamente. Hecho todo esto, el pueblo escogido, bajo la dirección del Manú Vaivasvata, salió de la Atlántida, se alejó de la gran ciudad.

Lo más interesante es que, además de todo, se llevaron los aviones de los señores de la faz tenebrosa. Cuando estos despertaron, cuando sintieron los fuegos de la Tierra, nada había a su alrededor y solamente vieron agua y llamas. De inmediato, fueron en busca de sus aviones, naves cósmicas propulsadas por energía nuclear, y no las hallaron. Furiosos, fueron tras el pueblo santo, mas todo fue inútil. Si bien alcanzaron los señores de la faz tenebrosa a matar a algunos de la retaguardia, no lograron detener la marcha del pueblo y fueron devorados por las aguas embravecidas del océano.

Mucho más tarde en el tiempo, tal acontecimiento insólito quedó en el Génesis bíblico. No está de más que recordemos la huida de Moisés junto con el pueblo semita: se dice que atravesó el mar Rojo, que las olas se abrieron para que él pasara. Cuando quisieron sus perseguidores hacer lo mismo, fueron devorados por el mar.

Esto no es sino un eco perdido en lontananza, un eco del gran acontecimiento sucedido en la huida de la Atlántida. Y la raza escogida, que fueron los selectos, se dirigió hacia el Tíbet y allí se mezcló con la raza nórdica, con los hiperbóreos, y el resultado fue el nacimiento de la primera subraza de la Gran Raza Aria, que brilló con todo su esplendor en la meseta central del Asia, que entonces se llamaba Ashhark.

Indudablemente, mis caros hermanos, hubo reinos bellísimos en esa meseta central de Asia. Esa era la Edad de Oro. Entonces todo era armonía y paz.

Después de la gran catástrofe, ya nadie quería saber sobre la rueda, sobre las máquinas, sobre la técnica ultramoderna, sobre tantos avances científicos; nadie ignoraba lo que había sido el Kali-Yuga de la Atlántida; los meros automóviles, que tan pronto podía rodar como levantar el vuelo; los buques volantes, los submarinos atómicos, etc.

Pero ahora situados Asia, en la meseta central de y después de haber sufrido mucho, no querían ni remotamente volver a la rueda, al automóvil, al avión. Todo eso se consideraba tabú, pecado, pues por todo eso había perecido una raza que, inclusive, llegó a palpar el cielo; palpar les digo, sí, eso está escrito, porque la Torre de Babel fue con este objeto: invadir otros mundos. Como hoy se está queriendo hacer.

La Edad de Oro —repito— fue víctima del continente >PI<.

Mucho más tarde, mis caros hermanos, y a consecuencia de la misma gran catástrofe, fuertes huracanes soplaron sobre los Himalayas. En las arenas del desierto de Gobi vivían poderosas civilizaciones. Acabaron con los países de Goblandia, Maralpleicie, etc.

Entonces vinieron los grandes éxodos, y se dirigieron algunos hacia el Tíbet, otros hacia Europa, otros hacia la India. Aquellos éxodos que se dirigieron hacia el sur y hacia oriente vinieron a crear la civilización de los «rishis», civilizaciones espléndidas de la Edad de Plata.

Pero ahí no termina todo. Aquellos éxodos se prolongaron más y más, y por el sur llegaron a la tierra de los faraones, y a las Indias, y a la Persia, y a la Caldea, para hacer surgir en esas tierras poderosas civilizaciones esotéricas. Todo eso sucedió, mis caros hermanos, en la Edad de Bronce.

Pasaron los siglos, hasta que amaneció nuestra actual edad, que es la del Kali-Yuga, la Edad de Hierro. Esta siniestra edad de tinieblas surgió a raíz de la muerte del Señor Krishna en la India. Tuvo su punto de partida con la cultura grecorromana.

Hechos —digéramos— sacaron a la humanidad de la razón objetiva y la pasaron a la razón subjetiva. Sucede que a algunos pescadores venidos de Asia les dio por jugar con la palabra en la tierra helénica. En principio, solamente existió el juego de palabras, diversiones con el verbo. Pero más tarde, propagándose algún tipo de ociosidad, hizo surgir el razonamiento de tipo subjetivo. Esta clase de razonamiento es muy diferente a la razón objetiva. Entiéndase por razón objetiva aquella que se fundamenta en los distintos procesos de la Conciencia. La Conciencia aprehende las verdades, las captura, las conoce. Es un estado —digéramos— de superlativo conocimiento. Y la razón basada en esas experiencias vívidas de la Conciencia, de lo superlativo, funciona. Esa es la razón objetiva.

Entiéndase por razón subjetiva aquella que se fundamenta en las percepciones sensoriales psíquicas, que elabora sus conceptos de contenido basada, precisamente, en esas percepciones. Obviamente, nada puede saber ese tipo de razonamiento sobre lo real, sobre la verdad, sobre la Divinidad, etc. etc. etc.

Los griegos fueron, pues, quienes pusieron en marcha la razón subjetiva. Se extendió esta por todos los ámbitos del mundo: hacia el norte, hacia el sur, hacia el este y hacia el oeste. Por otra parte, los romanos cometieron un error aún más nefasto. Se dedicaron por esa edad a gustar de los placeres de la carne, a la satisfacción de la lujuria sin el tantrismo ni el refinamiento sexual, a lo Petronio. Cualquiera que haya leído alguna vez “el Satiricón” podrá saber el estado de degeneración al que llegaron los romanos durante la decadencia. Lo más grave es que se perdió la vergüenza orgánica.

Los griegos importaron de los romanos los placeres refinados del sexo, y, a su vez, los romanos traían de Grecia los jueguitos esos de la palabra y del razonamiento subjetivo. Y luego, no contentos con eso, aquellas razas de griegos y romanos propagaron su nefasta epidemia, u epitemo, por todo el orbe. Fue así como surgió la Edad del Kali-Yuga, la Edad Negra.

Si examinamos cuidadosamente a las gentes muy cultas de la ciudad, podremos verificar dos aspectos. Primero, son altamente intelectuales. Segundo, han perdido la vergüenza orgánica: están dedicados a la relajación sexual, a la degeneración. Por lo común, los grandes bribones del intelecto son terriblemente fornicarios. Esto lo saben los divinos y los humanos.

La vida, pues, descendente e involutiva está en marcha.

Con justa razón el Gran Kabir, con su sermón profético, dijo: «Todo pasará, pero mis palabras no pasarán», Obviamente, vamos hacia una gran catástrofe.

Estamos en el atardecer de la Raza Aria, de esta raza que se inició en la meseta central de Asia. Muchos nos dirán que ¿qué tenemos que ver nosotros aquí en México, con las gentes de la meseta central de Asia? En realidad de verdad, sí tenemos que ver y mucho. Antes de que los conquistadores de España llegaran por estas tierras, solo vivían aquí, en toda América, de México hasta la Patagonia, tribus descendientes de la Atlántida. Estas formaron poderosas civilizaciones.

Incuestionablemente, la civilización de Anáhuac fue grandiosa. Desafortunadamente, las gentes todavía ni remotamente lo sospechan. Cuando los conquistadores vinieron por aquí, se mezclaron con la raza indoamericana y de tal mezcla surgió una nueva subraza de la gran Raza Aria. Apareció la sexta subraza. La cuarta está formada por los grecorromanos. La quinta, por los anglosajones, los teutones, etc. La sexta, por los latinoamericanos. Y la séptima está formada por la fusión de todas las razas del mundo en los Estados Unidos y en Europa. Así pues, esta raza ya no tiene subrazas. No tiene más que dar. Ha llegado a su final. Todo se está preparando, precisamente, para ese consummatum.

Obsérvese el estado en que se encuentra el planeta Tierra. Por dondequiera [hay] guerras y rumores de guerras, degeneración sexual, drogas, odios, mentiras, crímenes monstruosos nunca antes jamás vistos. Hambre, miseria, desolación, gentes sin trabajo, multitudes que están a punto de entrar en la Tercera Guerra Mundial. Mares contagiados o contaminados, la atmósfera también recargada de monóxido de carbono; mueren las criaturas de los ríos y de los océanos por la contaminación. Enfermedades nuevas nunca antes vistas, etc. etc. etc.

Todo esto nos indica que vamos hacia el colapso final. Mas antes de la hora última, habrá muchas batallas y muchas guerras, y muchas necesidades; >IC< olas gigantescas azotarán las costas; el fuego de los volcanes brotará en forma extraordinaria por todas partes >FC< todo será consumido por las llamas; los terremotos se intensificarán de instante en instante y de segundo en segundo, y habrá un momento en que nadie estará seguro. Las grandes ciudades caerán como castillos de naipes, hechas ruinas. Así es como finalizará, mis caros hermanos, esta gran Raza Aria.

No debemos olvidar que la Edad de Oro ha sido simbolizada por los indostanos como una vaca sostenida sobre sus cuatro patas. La Edad de Plata es simbolizada siempre por una vaca sostenida sobre tres patas. La Edad de Cobre es simbolizada por una vaca sostenida sobre dos patas. Y esta Edad de Hierro, que llega al máximo de la degeneración humana, es simbolizada por una vaca sostenida sobre una sola pata que luego cae en el Abismo. Así pues, hermanos, nos toca ahora más que nunca autoconocernos, autodescubrirnos, eliminar lo que nosotros tenemos de inhumano.

Todo se ha perdido. Los sentidos se atrofiaron. Ya no somos capaces de captar ni siquiera un tercio de todas las tonalidades del color universal. Psíquicamente se pueden percibir, y muy mal, siete tonalidades. El olfato se ha perdido. Ya no es aquel olfato que los babilónicos usaban para descubrir los malos negocios del gobierno. Ya nuestro lenguaje se ha vuelto terriblemente pobre, pues no somos capaces de pronunciar todas esas trescientas consonantes, ni siquiera un tercio de las trescientas consonantes o de las cincuenta y una vocales. Nuestro lenguaje es tan insignificante, tan insuficiente… Si nuestros cuerpos se empequeñecieron, si bien no somos capaces de captar, de percibir las distintas causas de los fenómenos naturales que suceden a nuestro derredor, pues no nos queda hermanos, realmente, sino solo un factor decente y que no se ha perdido.

Quiero referirme en forma enfática a la Esencia, al Buddhata. En ella están contenidos los corpúsculos de dolor de nuestro Padre que está en secreto. Convenientemente utilizados, pueden servirnos para el despertar de la Conciencia. En ella están contenidas la doctrina, la religión, el Buddha. En ella están contenidos todos los datos que nosotros necesitamos para el Camino Secreto que ha de conducirnos hasta la Liberación final.

Sin embargo, nada podría ser decente mientras ella continúe enfrascada, embutida, embotellada entre todos esos agregados psíquicos que personifican a nuestros errores, a nuestros defectos y que, en su conjunto constituyen el Ego, el Yo, el Mí mismo, el Sí mismo. Si queremos que la Conciencia despierte, se necesita desenfrascarla, liberarla, emanciparla, sacarla de entre esos agregados. Y esto solamente es posible destruyendo los mismos, reduciéndolos a polvareda cósmica, aniquilándolos radicalmente. La Esencia liberada puede servirnos para hollar el camino que ha de conducirnos hasta la Liberación final.

Después de que hubo sido creada en nosotros la segunda naturaleza, perdimos la capacidad para la visión recta, para el recto pensar, para el recto sentir.

Téngase en cuenta que, hoy en día, la acción ya no surge de la Esencia activa, sino lo que peor, mis caros hermanos, de esa segunda naturaleza inhumana que todos llevamos dentro.

Observemos cómo se produce la acción. Veamos una acción y descubriremos después la reacción: nos pegan, pegamos; nos insultan, contestamos. ¿No ven eso? Acción, reacción. No es acción que surja de la Esencia, sino de nuestra segunda naturaleza sumergida y animal.

Otro tipo de error subreal, inconsciente, de racionalismo subjetivo. Hacemos un proyecto y queremos después darle forma. Mas entre el pensar y el hacer hay mucho que hacer. El pensamiento y la acción siempre se acaban, y nos frustra y nos lleva al fracaso.

Si nuestra acción y nuestro pensamiento surgieran del fondo mismo de la Conciencia, serían correctos; nuestra palabra sería justa, nuestros pensamientos serían justos. Pero hoy en día, mis caros hermanos, la acción surge de la subconsciencia, del Ego, del Yo, del Mí mismo, de esa segunda naturaleza inhumana que todos cargamos dentro.

Los proyectos surgen también de esa razón subjetiva, que proyecta y proyecta y nada es real. Estamos pasando por una época realmente de degeneración. En otros tiempos, allá la antigua Ashhark, existió un gran Avatara. Quiero referirme a Ashiata-Shiemash, el Amado, el Vencedor. Él creó, en todo el gran continente, escuelas de regeneración. Quienes despertaban Conciencia, eran convertidos entonces en Patriarcas. Y así fue como durante una época, la Tierra, por un tiempo, estuvo pues, a tono con todos los otros tricerebrados del inalterable infinito.

Desafortunadamente, después de la desencarnación de Ashiata-Shiemash, nació en Persia un Hanasmussen con doble centro de gravedad. Sucede que un par de ricos, hombre y mujer, avaros por naturaleza, no deseaban tener hijos. Cada vez que existía el peligro de una concepción, apelaban a los remedios, a las pastillas, como ahora. Sin embargo, viendo estos que ya la ancianidad se acercaba y que no había a quién dejarle su fortuna, resolvieron, por último, no oponerse más a la posibilidad de un hijo. Y nació, ciertamente, un individuo feroz, un Hanasmussen con doble centro de gravedad, un mal faro. Fue levantado con muchos mimos y cariños. Y cuando ya tuvo edad competente, pidió un gran papiro y en él escribió algunas ideas. Tales ideas iban contra los Patriarcas del gran continente de Ashhark. Aquellos gobernaban con el poder de la Conciencia despierta; eran faros. Pero el Hanasmussen escribió: «¿Por qué tenemos que obedecer a los Patriarcas? ¿Con qué autoridad vienen ellos a gobernarnos? ¿Quién les ha dado a ellos ese poder? Nosotros necesitamos de gobiernos legítimamente constituidos, de un estado popular, de las elecciones libres, etc.», y en el foro claro que todo eso suena muy bonito, pero en aquella época no era un hecho necesario, porque los patriarcas eran verdaderos Iluminados y sabían conducir a sus pueblos sabiamente. Como resultado, pues, de las nefastas propagandas que hacía aquel Hanasmussen babilónico, comenzaron a levantarse revoluciones en toda esa tierra de Ashhark; hasta muchos de esos Patriarcas fueron muertos. Comoquiera que antes no existían guardianes, con aquella situación conflictiva aparecieron —ejércitos armados hasta los dientes, que durante mucho tiempo no se vieron, reaparecieron otra vez—. Y comenzaron las guerras, que ya habían pasado a la historia. Reiniciaron de nuevo su marcha las agresiones. Así fue, hermanos, como la gran obra realizada por el «Amador Esencial», Ashiata-Shiemash, fue destruida, saboteada miserablemente. Ashiata-Shiemash era un Bodhisattva resplandeciente. Había nacido cerca de Babilonia la Grande, y cuando tuvo dieciocho años, se fue a una montaña cerca de Babilonia. Allí, dentro de una caverna, se entregó a la meditación y realizó tres ayunos. Cada uno de ellos duró cuarenta días.

Con el primer ayuno, se propuso estudiar los tres cerebros de su máquina orgánica, es decir, el cerebro intelectual, el cerebro emocional y el cerebro motor.

También estudió a fondo el centro del movimiento y los centros instintivo y sexual.

Una vez que hubo conocido a fondo todos los funcionalismos de su máquina orgánica, una vez que hubo estudiado la acción sin reacción de sus tres cerebros y centros adicionales, se propuso controlarlo durante el ayuno, y lo logró. Concluido ya el trabajo, pasados algunos días de reconstrucción orgánica, inició el su segundo ayuno de cuarenta días. Entonces propuso recordar todas >FA< >IC< sus vidas pasadas >FC<