Círculo de Cultura Gnóstica y Medicinas Ancestrales
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JUVENTUDES GNÓSTICAS REVOLUCIONARIAS

TEXTO DE INTERÉS DOCTRINARIO NO PROCEDENTE DE TRANSCRIPCIÓN

NÚMERO DE ESCRITO CORTO: 0072

FECHA DE REDACCIÓN:1972/07/??

LUGAR DE REDACCIÓN:NO CONSTA

CONTEXTO:APARTES DEL MAESTRO DE LA REVISTA ABRAXAS I.

FUENTE DEL TEXTO:ABRAXAS INTERNACIONAL Nº 35 / SEPTIEMBRE 1973

Incuestionablemente, la Nueva Era de Acuario o del Aguador comenzó, exactamente, el 4 de Febrero del año 1962, entre las dos y tres de la tarde. Entonces, todos los planetas de nuestro Sistema Solar, se reunieron en pleno concilio cósmico bajo la Constelación de Acuario.

Indubitablemente, ponemos énfasis en un hecho concreto, claro y definitivo; debidamente comprobado por todos los astrónomos del Planeta Tierra. Opuesto a la brillante Constelación de Acuario se encuentra nada menos que Leo (el terrible León de la Ley), y esto es algo que debemos reflexionar muy seriamente… Existe el gigantesco Karma mundial, y el León de la Ley quemará con fuego todo aquello que tenga vida.

El revolucionario signo zodiacal de Acuario está gobernado por el explosivo Urano, y esto indica, con entera precisión, que los tiempos del fin ya llegaron. La historia cíclica de la Raza Aria comienza con el relato del diluvio, en el capítulo VI del Génesis y concluye, fatalmente, en el XX del Apocalipsis con las llamas ardientes del juicio final.

Moisés, salvado de las aguas, escribió el primero; San Juan, hierática figura de exaltación solar, cierra el libro terrible con los sellos del Fuego y del Azufre.

Pedro o Patar dijo: “Y ante todo, debéis saber cómo en los postreros días vendrán con sus burlas escarnecedoras, los que viven según sus propias concupiscencias, y dicen: “¿Dónde está la promesa de su venida? Porqué desde que murieron los padres todo permanece igual desde el principio de la creación”. “Es que voluntariamente quieren ignorar que en otro tiempo hubo cielos y hubo tierra salida del agua y en el agua asentada por la palabra de Dios; por el cual el mundo de entonces pereció anegado en el agua, mientras que los cielos y la tierra actuales están reservados por la misma palabra para el fuego en el día del Juicio y de la perdición de los impíos”. “Pero vendrá el Día del Señor como ladrón en la noche, y en el pasarán con estrépito los cielos, y los elementos abrasados se disolverán, y asimismo la Tierra, con las obras que en ella hay”. (2ª P. 3: 3-7,10).

Nosotros esperamos otros cielos nuevos y otra tierra nueva (después del gran cataclismo), en que tiene su morada la Justicia, según la promesa del Señor.

La historia de la humanidad se extiende, desarrolla y desenvuelve entre dos flagelos: el agua y el fuego; agentes extraordinarios de todas las mutaciones evolutivas e involutivas.

Mateo dice: “Habrá hambre y terremotos en diversos lugares; pero todo esto es el comienzo de los dolores”. (Mt. 24: 7-8). Estas sacudidas geológicas constantes, acompañadas de modificaciones climáticas inexplicables, cuyos pésimos resultados se propagan en los pueblos a los que afectan y entre las sociedades a las que perturban, son tan solo el principio del fin.

Esta humanidad vergonzosa está ya demasiado madura para el castigo supremo, el mundo pervertido será consumido implacablemente por el fuego purificador; el León de la Ley frente a la Constelación de Acuario, sale al encuentro de los perversos.

En resumen, podemos y debemos afirmar, en forma enfática, que la Tierra con todo cuanto en ella vive tiene su tiempo previsto y determinado, sus épocas de manifestación rigurosamente fijadas, establecidas y separadas por otros tantos periodos inactivos. Está, así, condenada a morir a fin de renacer transformada. “Si el grano no muere, la plana no nace”.

Es el Evangelio Solar según San Lucas, el que traduce esotéricamente el trayecto del Sol y de sus rayos, vueltos a su primer estado de esplendor. Indica el comienzo de una Nueva Edad, la exaltación del poder divino que irradia sobre la Tierra regenerada por el Fuego y el volver a empezar el orbe anual y cíclico. San Lucas tiene por emblema sagrado el toro o buey alado, símbolo solar espiritualizado, alegoría del movimiento vibratorio, luminoso, y devuelto al estado primigenio paradisíaco. Después del gran incendio que se avecina, podremos exclamar con Virgilio: “Ya llegó la Edad de Oro y una Nueva Progenie manda”.

Cuando para castigar a la humanidad por sus delitos, Dios resolvió sumergir al Continente Atlante bajo las aguas embravecidas del océano que lleva su nombre, cierto número de hombres justos y elegidos sobrevivieron a la gran catástrofe… Ahora, los nuevos escogidos, la gente del Ejército de Salvación Mundial, espectadores angustiados de los efectos del poder divino, verán el duelo gigantesco del agua y del fuego y no perecerán.

El pueblo gnóstico, el pueblo elegido, aguardará a que se haga la paz y a que las últimas nubes, dispersas al soplo de la Edad de Oro anunciada por Virgilio, el poeta de Mantua, le descubran la divina magia policroma del doble arco iris, el brillo de nuevos cielos y el encanto de una nueva tierra virginal y paradisíaca.

Las juventudes gnósticas revolucionarias de la Era de Acuario, abiertas a lo nuevo, sin prejuicios ni preconceptos absurdos, en íntima armonía con el infinito, trabajan en estos instantes febrilmente, formando el Ejército de Salvación Mundial, entre el augusto tronar del pensamiento.

En los jóvenes está la esperanza del mañana; ellos han comprendido este momento estelar de la humanidad. Ciertamente las juventudes gnósticas presienten que tienen por delante una tarea de titanes. Es dispensable hacer un pueblo de selectos, un ejército de buena voluntad, y esta labor sería muy difícil sin el trabajo de la gente joven…