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065 LA NECESIDAD DE COMPRENDER NUESTRA MENTE
CONFERENCIA INEXISTENTE EN LA PRIMERA EDICIÓN IMPRESA DEL 5º EVANGELIO
TÍTULO EN LA 2ª EDICIÓN DEL QUINTO EVANGELIO DE A.G.E.A.C. (2019):
LA NECESIDAD DE COMPRENDER NUESTRA MENTE (1:03:37)
NÚMERO DE CONFERENCIA:065
FUENTE EN AUDIO:DESCARGAR
CALIDAD DE AUDICIÓN:MALA
DURACIÓN:1:03:36
CORRELACIÓN TEXTO/AUDIO:AUDIO AJUSTA TOTALMENTE A LA TRANSCRIPCIÓN
FECHA DE GRABACIÓN:1972/??/?? (ESTIMADA)
LUGAR DE GRABACIÓN:CIUDAD DE MÉXICO
CONTEXTO:TERCERA CÁMARA
FUENTE DEL TEXTO:EQUIPO DE www.gnosis2002.com
>IA< La mente, realmente, con su incesante batallar de antítesis, mantiene a La Conciencia embotellada, enfrascada. Cuando se trate de lograr la quietud y el silencio de la mente, debemos nosotros saber cómo.
Casi todas las escuelas nos hablan de la mente en blanco, pero nosotros debemos discernir entre lo que es tener la mente quieta y en silencio durante la meditación y lo que es eso de «mente en blanco».
Aquello de «mente en blanco» resulta en el fondo demasiado absurdo, algo superficial. Yo he estado en grupos, por ejemplo, donde se les dice a los asistentes: «Hermanos, pongan la mente en blanco». (Durante unos cinco minutos o diez, los asistentes todos ponen la mente en blanco. Pasan los diez minutos ya). «Ahora vamos a entrar en una conferencia».
Total, que eso era una cuestión completamente absurda. Es demasiado inexacto. Es demasiado hueco ese concepto de mente en blanco, es un charco de muy poca profundidad. Nosotros vamos más lejos en esta cuestión. Vamos a la quietud y al silencio de la mente, pero eso no es de superficie, sino de fondo.
Hay que distinguir entre lo que es una mente que está quieta y una mente que está aquietada. Hay que saber hacer distinción entre lo que es una mente que está en silencio y lo que es una mente que está silenciada violentamente.
Cuando la mente está quieta, no lucha, no hay en ella batallas, no desea soltar ninguna clase de amarras, se encuentra en auténtica plenitud. En cambio, cuando la mente está aquietada a la fuerza, violentada, pugna por romper pues, sus amarras, sus cadenas. Tal pugna, tal lucha, tal batallar se procesa en cuarenta y nueve niveles subconscientes, infraconscientes, inconscientes. Entonces no hay verdadera quietud.
Cuando la mente está en silencio, no quiere gritar, goza de la serenidad. Pero cuando la mente esta silenciada a la fuerza, entonces quiere gritar, desea gritar y, en el fondo, realmente grita, y sus gritos, sus sonidos, su incesante parloteo, se procesa en niveles muy profundos del inconsciente, del infraconsciente y del subconsciente.
Así pues, no debemos engañarnos: Distingamos entre lo que es una mente que está quieta y una mente que está aquietada; distingamos entre lo que es una mente que está en silencio y una mente que está silenciada.
Lo importante es llegar a la quietud y al silencio de la mente. Esa quietud y ese silencio devienen en forma espontánea, natural, simple y sencilla. Empero para llegar a tal quietud y a tal silencio, se necesita verdaderamente comprensión de fondo. Basta con el hecho de darse uno cuenta de que ya terminó el proceso del pensar, basta con el hecho de decir «ya está quieta mi mente», para que realmente no esté quieta; basta con el hecho de decir «ya está en silencio mi mente», como para que ya no esté en silencio.
Por eso es que, digo que la quietud y el silencio de la mente son muy naturales, muy espontáneos.
En esos instantes es cuando adviene a nosotros lo nuevo.
Muchas veces, llegamos a la quietud y al silencio de la mente precisamente cuando no estamos intentando lograrlo. A veces nos extasiamos con un bello atardecer, con el silencio imponente de la noche, con el trueno en la tempestad, con algún cuadro hermosísimo, alguna bella pintura, etc., y en esos instantes, realmente, hemos logrado la quietud y el silencio de la mente.
Lo curioso de eso es que se produce cuando menos lo hemos intentado. Es, pues, necesario, hermanos, apreciar esos momentos de espontaneidad natural de la vida. Hay instantes deliciosos, hay momentos realmente admirables, segundos, dijéramos, que parecen siglos de quietud y silencio. Siempre, en esos momentos, nos visita lo nuevo, eso que es lo real, eso que está más allá del tiempo.
Cuando nosotros queremos surgir, trepar al tope de la escalera, hacernos sentir, ya la mente no está quieta ni en silencio. Cuando nosotros nos esforzamos por lograr la quietud y el silencio de la mente, en esa misma lucha,
en tal esfuerzo, no hay quietud ni tampoco silencio.
Así pues, para conseguir la quietud y el silencio de la mente, la lucha no sirve ni tampoco el esfuerzo.
¿Servirá acaso la fuerza de la voluntad? En este caso concreto, no. Resulta que tal quietud es tan natural.
Ustedes habrán experimentado algún día una bella puesta de sol, ¿verdad?, una noche hermosísima en que las estrellas palpitan en el espacio infinito. Son segundos en que nos sentimos arrobados, con un goce exquisito allá adentro, con una extraña voluptuosidad espiritual, minutos en que no pensamos, en que nos encontramos todos en un estado de beatitud profunda y divinal.
Hay quietud en esos momentos en nosotros. Uno necesita eso, lo real, aunque sea en forma de intuitos, como dijera don Emanuel Kant, el filósofo de Königsberg, en su Crítica de La Razón Pura.
Son, ciertamente, muy fugaces esos segundos, pero dejan en el alma una huella indeleble. Es el instante perfecto, el que viene a servir como especie de rescoldo, para avivar más tarde, para encender, dijéramos, el fuego maravilloso del amor. Desgraciadamente, salimos de esos momentos de dicha por el razonamiento, nos saca el intelecto de nuestro estado paradisiaco. He ahí la gran desgracia.
Necesitamos la quietud y el silencio de la mente, mas eso no es posible a base de lucha, porque en la lucha no hay quietud, ni mucho menos silencio. Llegar a ese estado de quietud es indispensable, y se logra, cuando no hay esfuerzo; el esfuerzo impide la quietud. Si queremos llegar a ese silencio imponente y a esa quietud, necesitamos no dividirnos en pedazos, porque la mente siempre pasa por la mala jugada de estarse autodividiendo incesantemente.
Siempre nos dividimos entre esto y aquello, lo que pasó, lo que sucedió, lo que vendrá, lo mío, lo que me dijeron, lo que dije. Divididos así, en tantos pedazos, no es posible que logremos la quietud y el silencio de la mente.
Hay veces que conseguimos un cierto estado de quietud y de silencio y, sin embargo, nada sentimos, nada vemos, nada percibimos. ¿Qué hacer?, ¿qué ha pasado? Si ustedes estudian ese caso un tiempo, podrán darse cuenta de que algo falla, de que algo ignoran de sí mismos. Mientras uno ignore algo de sí mismo, no logra conocer a fondo lo real.
Si uno se enjuicia severamente, podrá ver en La Meditación muchos recuerdos, deseos, pasiones, emociones que surgen unos tras de otros en una procesión incesante. Pensamientos vanos, recuerdos, deseos, etc., son, precisamente, los distinto s agregados que constituyen el Yo, el Mí mismo, el Sí mismo. Total, que al ver nuestros propios recuerdos, deseos, emociones y pasiones, raciocinios, etc., que surgen en la mente durante la meditación, nos estamos conociendo a sí mismos.
Especialmente, debemos comprender cada cosa que nos surja en la meditación, cada idea, cada deseo, cada recuerdo, cada pasión o emoción, y luego, claro, olvidarlo. Cuando una cosa es debidamente comprendida, desaparece de la mente, no queda en ella recuerdo alguno. Cuando hemos comprendido un deseo, un pensamiento, una emoción, etc., por el momento, desaparece de la mente.
Cuando se trata de comprender todo lo que va surgiendo en la mente, estamos viendo, de hecho, un libro del Yo. Así pues, el Yo es un libro de muchos tomos, y a medida que uno se va conociendo a sí mismo, va conociendo qué es lo real. Por eso digo que cuando la mente queda aparentemente quieta y en silencio y nada surge de nuevo, es porque algo no hemos comprendido, es porque estímulos de cosas todavía luchan: sobre conceptos, sobre ideas, etc., en los fondos más profundos, en los trasfondos más íntimos, y debido a eso, no viene la iluminación.
Mientras haya un conflicto dentro de uno mismo, no es posible que venga lo nuevo, lo real, a visitarnos.
Entonces es necesario Auto—Explorarnos más profundamente a ver que está pasando, qué es lo que existe dentro de nosotros que no hayamos comprendido. Al fin, descubrimos qué es eso, y cuando descubrimos y comprendemos, entonces podemos ver que algo de nosotros se disuelve; en cuestión de segundos viene la experiencia, la visión de lo divinal.
Tenemos momentos de beatitud cuando se llega a tener momentos de quietud y de silencio.
Así pues, esto de conocerse uno a sí mismo a través de la meditación es muy importante, porque en el templo de Delfos, en Grecia, se puso: Nosce te Ipsum —-“Hombre, conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los Dioses”—-.
No es posible conocer al universo y a los Dioses si no nos hemos conocido a nosotros mismos profundamente. El objetivo de toda esta meditación es conocernos a sí mismos para luego tener la dicha de conocer al universo y a los Dioses.
Cuando estamos trabajando en el proceso aquel de examinar deseos, emociones y pasiones que van surgiendo en la pantalla de la mente, nos estamos también conociendo a sí mismos. Así pues, es indispensable el conocimiento no de superficie, sino de fondo.
Están viendo todos ustedes la diferencia que hay entre eso que llaman «mente en blanco» y lo que es la auténtica quietud y el silencio de la mente.
En todas las escuelas, lo primero que le dicen a uno: «Bueno, hermanitos, vamos a poner la mente en blanco unos cinco minutos». Vean ustedes qué superficial es esa gente; son huecos. Eso de mente en blanco es demasiado absurdo, estúpido si se quiere —-aunque el término les parezca duro—-, pero así es.
Mas eso es lo que descubrimos. Todos esos conceptos son demasiado superficiales —-repito—-, es como un charco de un camino, como un pozo sin fondo, demasiado superficial, poco profundo. Entonces la quietud y el silencio de la mente es mejor. Hay necesidad de ser profundo.
Es que, realmente, en la vida, en todo lo que se relaciona con la Autorrealización íntima del Ser, necesitaríamos indispensablemente no solamente comprensión, sino también capturar la honda significación de lo que hemos comprendido. Porque cuántas cosas en la vida creemos haberlas comprendido, pero a través del tiempo y la distancia, venimos a darnos cuenta de que no las hemos comprendido.
Así pues, eso de comprender es algo muy elástico.
Hoy podemos comprender algo y mañana nos damos cuenta de que no habíamos comprendido nada.
Bueno, sinceramente, realmente, quiero decirles a ustedes esto: Hay pruebas esotéricas en el camino de la Iniciación —-y aún más, en la Montaña de la Resurrección—- que no he podido pasar por falta de comprensión.
Se les hará raro lo que les estoy diciendo: Yo, que les estoy enseñando a comprender y haya fallado en algunas pruebas que no he comprendido.
Voy a contarles un ejemplo. Recordarán ustedes el pasaje aquel de la Biblia, del Antiguo Testamento, en el Libro de Daniel, cómo aquel gran Patriarca fue lanzado al pozo de los leones; permaneció allí en paz y no recibió daño alguno; lo sacaron de ese foso ileso. Ahí está en el Antiguo Testamento.
Todo Maestro debe pasar por esa prueba. Dos veces me han echado a mí la prueba. Dos veces he fallado. Es que no es nada agradable, hermanos, estar uno metido ahí cara a cara enfrente de los leones. Han visto los leones de Chapultepec, ¿no? Es muy bonito verlos a través de las rejas de una jaula de esas. Otra cosa es encontrarse cara a cara con ellos, frente a frente, y furiosos.
No sé si ustedes se sientan capaces de enfrentar eso. ¿Qué tal que vieran ustedes, en este momento, aquí una fiera de esas? Si por esta puerta penetrara un león salido de una jaula de esas. Estamos muy tranquilitos, pero creo que después de eso ninguno quedaría tranquilo, ¿no? Eso es algo aterrador. A mí, dos veces me han echado la misma prueba que le echaron a Daniel; dos veces he fallado.
En la primera, se me amenazó con castigarme. Dije: «Permítanme la libertad, no hay necesidad de castigo; yo voy a hacer conciencia de eso a través de la meditación, sin necesidad del castigo».
Bueno, me tiran la prueba por segunda vez, y fue igual. Con todas mis buenas intenciones de enfrentarme a estos «bichos» —-por cierto, no son nada agradables—-, ya frente a frente, en el mismo momento en que los he visto en la prueba, me han temblado las pantorrillas. Me he sentido incapaz. No es para menos, ¿no?.
Resulta terrible y, sin embargo, es una prueba que todo Adepto tiene que pasar. Confieso sinceramente que la prueba esa de Daniel en el foso de los leones todavía no la conseguí pasar, pues me parece aterradora. Yo me enfrento a un perro o coyote, pero ¿a un león? Y no a uno, sino a varios furiosos. ¿Quién de ustedes lo conseguiría?
Ahora, esa prueba implica determinadas virtudes, determinadas cualidades, de las cuales posiblemente, no me he hecho todavía autoconsciente. ¿Qué virtudes serán esas? ¿se relacionarán con la serenidad? ¿Con qué se relacionarán?
La sola palabra «serenidad» tampoco me parece suficiente para identificar a la prueba, puesto que la prueba es muy terrible, ¿no? Es algo que el Ser da.
Únicamente me contento con mencionarles el asunto para decirles, que en todo el proceso este de mi progreso tengo que ir haciendo más y más conciencia, porque las pruebas esotéricas están relacionadas, precisamente, con eso que yo creí que ya hice conciencia. La prueba de fuego, es decir, la prueba que me pusieron en esta vida, fue hacerme consciente de la serenidad.
En cada prueba uno tiene que hacerse consciente de lo que cree ser consciente. Pues me podrán decir que soy sereno, pero hay que ver en el momento de una trifulca si yo me transformo en otro.
El caso mío del foso de los leones, no sé cuándo ni en qué época me voy a hacer consciente de eso. Tendré que trabajar por lo menos un año más dentro de mí mismo, para lograr hacerme consciente de las virtudes que implica tal prueba. Para cuando lo logre, se lo comunicaré a ustedes; todavía no lo he logrado.
¿Qué clase de virtudes específicas corresponden a esa prueba? Porque no hay duda de que si no he pasado esa prueba es porque esas virtudes específicas o me faltan o no me he hecho autoconsciente de ellas.
De otra manera, no se explicaría que fallara.
Alguna vez trabajé con buenas intenciones con un indio azteca. Así que le había prometido el Iniciado azteca que me sometería a la dura prueba. Después de unos días de meditación, seis días, ya estaba listo para la prueba. Más tarde, pude evidenciar que no lo estaba, ya que creía que la cuestión era solamente asunto de valor, de no tenerles miedo a esos bichos, de escuchar sus rugidos sin inmutarme, ver sus terribles zarpas envistiendo contra la insignificante persona de uno, sin que por eso se alterara el ánimo; solo eso creí que fuera.
Mas he venido a evidenciar que no se trata solamente de asuntos de valor, sino que tal prueba implica virtudes que específicamente todavía ignoro.
Naturalmente, debo luchar por hacerme consciente de este tipo de virtudes. Espero que en la tercera no falle cuando me encuentre otra vez ante la jauría de melenudos esos tan terribles, con esos ojos abrazadores que lanzan llamas y esas garras felinas que quieren destruirle a uno la vida. Si lo logro, les contaré a ustedes la historia; si no lo logro, también se la contaré. Por lo pronto, no lo he logrado. De manera que vean ustedes, todo es cuestión de volverse uno consciente y eso es importantísimo, claro.
Por eso, cuando se trata de iluminación, ha de empezar uno por conocerse a sí mismo, por hacerse consciente de lo que tiene uno inconsciente. En el fondo, todos poseemos muchas cualidades que ignoramos y muchos defectos que también ignoramos; y a la hora de la hora, nos toca hacer un inventario de nosotros mismos: Adquirir muchas facultades que creemos tener y no tenemos; y eliminar muchos defectos que creemos no tener, y tenemos.
En otros términos, sencillamente, conocerse a sí mismo, cumplir con la máxima del templo de Delfos: “Nosce Te Ipsum” —-“Hombre, conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los Dioses”—-. En todo esto, hay grados y grados, escalas y escalas. Conforme la Conciencia avance en el proceso del autodesarrollo interior profundo, nos vamos libertando más y más de los procesos de la mente.
Cuando la mente, realmente, queda iluminada, lo único que hay en nosotros es Conciencia. Cuando la mente queda iluminada, realmente lo que está en nosotros es el Ser, y este, en sí mismo, es amor y felicidad.
Incuestionablemente, todos necesitamos desarrollar poderes superiores a la mente. Alguna vez, ha enseñado Krishnamurti que la intuición era la clave de la inteligencia. Mas yo he estado, mis caros hermanos, reflexionando un poco sobre esta cuestión de la intuición.
Vean ustedes, cuando un hombre pierde la vista, queda ciego; entonces para guiarse necesita un palo, un bastón. Se sabe también que todo ciego desarrolla el tacto en forma extraordinaria. Hay ciegos que conocen a la maravilla los billetes de cinco y de diez con el solo tacto; ciegos hay que, con el solo tacto, pueden perfectamente leer. Y también existe el sistema técnico para leer, ya debidamente organizado, en el instituto para ciegos.
¡Qué maravilla se desarrolla en el ciego, en el tacto!
En otros tiempos, se sabe que la humanidad tenía la Polividencia. Es decir, el poder de percepción, situado en la glándula pineal, en la parte superior del cerebro. Estaba totalmente desarrollado, y con ese Ojo de Diamante, con ese Ojo de Dangma —-o como se le quiera decir—-, se percibían todos los Mundos Superiores, las grandes realidades del Espíritu.
En aquella época los archivos akáshicos de la naturaleza estaban abiertos para todo el mundo. Los seres humanos estaban en contacto con los seres inefables y podían parlar con ellos cara a cara. Esos eran los tiempos en que los ríos de agua pura de vida manaban leche y miel. Esos eran los tiempos paradisiacos en que no existía ni lo mío ni lo tuyo, y todo era de todos y cada cual podía coger del árbol del vecino sin temor ninguno.
Pero cuando la humanidad comió de aquel fruto del cual se le dijo «no comeréis», entonces ese sentido maravilloso, esa divina Polividencia, se perdió porque la glándula pineal se atrofió.
Hoy, tan solo se expresan las funciones de esa glándula en nosotros en forma de intuitos, de corazonadas como dicen los médicos; intuición en nosotros.
Y, aun así, todavía continúa la televisión, la radio y las ondas tratando de destruir hasta eso; tomando ese tacto del ciego —-de la glándula pineal—- como simple fantasía o alucinación. Vean ustedes cómo las fuerzas del mal se empeñan en destruir hasta los residuos de lo que fue ese maravilloso sentido que hoy denominamos intuición.
Comoquiera que la humanidad es ciega de ese sentido superlativo, trascendental, divinal —-como el ciego este de los sentidos puramente tridimensionales—-, solamente ha quedado el tacto, la corazonada que se denomina intuición. Creo que a ese sentido tan evidente le corresponde más bien su verdadero término: «Polividencia», en vez de simple intuición.
Intuición, para la facultad sin desarrollo o atrofiada; Polividencia, para la facultad en plena acción, desarrollada o regenerada mediante la transmutación sexual. Cuando la facultad esa de la glándula pineal está debidamente regenerada hay Polividencia; cuando esta degenerada, hay intuición.
Así pues, entre el sentido de la intuición y el sentido del tacto del ciego común y corriente del mundo tridimensional de Euclides, existe un paralelismo muy interesante; algo que está de acuerdo con la Ley de la Concomitancia, una similitud exacta. Lo interesante es volver otra vez a regenerar esa glándula pineal, adquirir la plena Polividencia, dejar de ser ciego de la pineal.
Cuando eso sucede, entonces ya no hay intuición, sino Polividencia.
Esto es algo que muy pocos han digerido a fondo y que nosotros debemos entender realmente. Ahora, es cierto que mediante la meditación, a través de la quietud y del silencio de la mente, va poco a poco activándose la glándula pineal. También es muy cierto que, con la transmutación, al fin se regenera completamente esa glándula. Entonces deviene la Iluminación, que no es otra cosa sino la recuperación de la vista en sí.
Similarmente, podríamos decir de un ciego común y corriente que reconquistara su vista, que ha llegado a la iluminación en el mundo físico, puesto que puede ver el mundo tridimensional.
Obviamente, el individuo que desarrolla y vuelve a regenerar su glándula pineal y readquiere la vista del Espíritu, se dice que también ha llegado a la iluminación.
Así pues, todo esto de la iluminación es algo que merece verdaderamente ser comprendido a fondo. Un camino práctico para llegar a esa iluminación es el de saber meditar. Por esto es que el Buddha Gautama Sakyamuni vivía en incesante meditación.
Todos los Buddhas que se han iluminado se han entregado a la meditación. Todos los Buddhas de Contemplación son verdaderos atletas de la meditación.
Es que no es posible lograr un avance a fondo sin practicar la meditación. Es que es por medio de la meditación que uno tiene que trabajar sobre sí mismo.
Yo, por ejemplo, ahora necesito trabajar intensamente sobre mí mismo a través de la meditación. ¿Por qué razón? Para hacerme más consciente de esas virtudes que se corresponden exactamente con la prueba del foso de los leones. Y, claro, me cuesta decir que la sola serenidad sea suficiente, o decir, por simple machismo: «¡No les tengo miedo!, ¡que vengan!». Tengo entendido que eso no es suficiente, tiene que implicar virtudes que desconozco por el momento.
Tiene la palabra, hermano.
D. Maestro desde que nos está platicando esto, nos estábamos acordando del dicho aquel muy conocido y muy popular que dice: «La bondad doma a las fieras».
M. Puede que esa sea, hasta un punto, una de las cualidades que se necesiten para domar a esas bestias. Pero hay que saber si es esa o es una virtud distinta, y eso solamente lo podremos saber a través de una profunda meditación.
Hay que sacar los valores correspondientes a la prueba de entre las profundidades superlativas de la Conciencia. Si sabemos extraer dentro del pozo más profundo, si extraemos tan pequeña cualidad, una vez lograda en nosotros, nosotros nos haremos grandes, ¿no? En todo caso, hay que luchar por lograrlo.
¿Hay alguna pregunta, hermanos?
Bueno, yo creo, en todo caso, que ustedes deben pensar que el conocimiento de sí mismo es la base del progreso interior profundo. Pero creemos conocernos a nosotros mismos y no nos conocemos, y eso es lo grave. Hay tantos tesoros que llevamos adentro y los ignoramos. También poseemos defectos que desconocemos. Hay virtudes tan indispensables, que posiblemente, hasta las poseemos, pero no somos conscientes de ellas.
Indubitablemente, en todo esto se necesita irnos haciendo cada vez más conscientes de nosotros mismos. Una cosa es decir: «hay que volvernos más conscientes de sí mismos», y otra cosa es hacernos realmente conscientes de sí mismos. Una cosa es decir: «vamos a hacernos más conscientes», y otra cosa es tener conciencia de que debemos hacernos más conscientes. Porque podemos afirmar intelectualmente «vamos a hacernos más conscientes», pero otra cosa es tener conciencia de lo que estamos diciendo.
Si afirmamos conscientemente que nos vamos a hacer más conscientes, verdaderamente, aunque parezca un contrasentido, es probablemente real. Pero solamente afirmarlo en forma intelectiva, no es tener conciencia de lo que estamos afirmando; puede que fallemos en nuestros propósitos.
Y vuelvo a sacar a colación el relato este del foso de los leones de Daniel. Cuando me puso aquella prueba el iniciado azteca, con esos bichos, realmente no pude menos que sentir terror; no son nada agradables cuando te vienen a arañar. Claro que yo, convencido, me decía para pasar la prueba: «Tú no tienes por qué tenerles miedo a esos leones».
Claro, no hay necesidad de que me castiguen.
Con el permiso de mi Ser, ¡que yo haga conciencia de eso a través de la meditación! Cuando uno hace conciencia de algo a través de la meditación, el castigo sale sobrando. Así es.
Bueno, tomé la resolución de hacerme consciente, pues, de la tal prueba. Practiqué la meditación durante varios días con el evidente propósito de triunfar. Luego suspendí la meditación sobre ese tema considerando que ya me había vuelto consciente de la prueba. Pero la repetición de la prueba y la falla me vinieron a demostrar que todavía yo no me había hecho consciente de la prueba.
En estos instantes, puedo asegurarles a ustedes que, por lo menos, ahora tengo conciencia de que debo hacerme más consciente de la prueba. Ya no se trata de una afirmación puramente intelectiva; ya ahora es más a fondo, ya veo que es todo un trabajo, un trabajo profundo.
Hay que sumergirse en los pozos más profundos del universo para extraer de allí, de entre las profundidades, las virtudes que se necesitan para hacerme consciente de esas virtudes, y entonces, más tarde, poder soportar por tercera vez la prueba.
Otras pruebas he pasado —-por cierto, que fue con éxito—-. La prueba de la justicia, aunque sea a pedazos, pero la pasé. Pero la del pozo de los leones la veo muy difícil. En este preciso instante, todavía no me siento preparado para pasarla. Y está en el Antiguo Testamento, ustedes la pueden leer en el Antiguo Testamento, en el libro de Daniel. Es demasiado terrible. Esos bichos no son nada agradables.
He podido evidenciar también a través del tiempo, de que cuando uno se hace consciente de algo, ya la fuerza de voluntad no es necesaria.
Normalmentedecimos: Nuestro Lema Divisa es «Thelema», Voluntad; y así es. Uno necesita la fuerza de voluntad, para auto juzgarse, para auto obligarse, para tomar determinaciones, para corregir ciertos defectos, etc.
Pero cuando ya uno se ha vuelto consciente realmente de algún defecto, cuando de verdad es ciento por ciento consciente de que tiene ese defecto y de todo lo que ese defecto implica, surge en forma natural la compresión sin necesidad de estarse auto obligando con la voluntad. En este caso, ya la voluntad sale sobrando, y una virtud florece de forma natural en vez del defecto que se ha eliminado; porque cada defecto eliminado es reemplazado por una virtud nueva que surge en forma natural y espontánea.
Cuando eso es, cuando eso surge, entonces ya la fuerza de voluntad sale sobrando.
Yo creo que la fuerza de voluntad se necesita como muletas para caminar. Cuando uno ha comprendido algo, cuando se ha hecho completamente consciente de lo que ha comprendido, ¿ya para qué quiere la fuerza de la voluntad?
Por desgracia somos iracundos, por ejemplo, furiosos, y necesitamos toda una fuerza de voluntad terrible para no explotar en un momento dado.
Ustedes saben que uno, por ejemplo, sea malgenioso y, de pronto, esté por ahí luchando y luchando. El iracundo está por dentro que se revienta; pues claro, entonces se necesita una fuerza de voluntad terrible para no explotar. Puede que a base de fuerza de voluntad logre no explotar de momento; puede que lo logre. Pero cuando ya uno ha eliminado el defecto de la ira, entonces ya no necesita fuerza de voluntad para no tener ira; es dulce por naturaleza, no tiene ira jamás, y aunque lo estén insultando, no está sintiendo ira.
Entonces, ¿para qué quiere en este caso la fuerza de la voluntad si no está sintiendo ira?
Cuando uno es completamente autoconsciente de algo, ya no necesita de la fuerza de la voluntad, ya actúa natural, sin tener que estarse puyando, sin tenerse que estarse auto obligando. Antes, naturalmente, fue mucho más violento. Sin embargo, ahora actúa con tanta naturalidad como un árbol solitario en la vera del camino.
Y lo que es, es.
Así pues, mis caros hermanos, todo esto se lo digo a ustedes con el propósito de que vean la necesidad de hacerse cada vez más conscientes de sí mismos. Así pues, aunque no parezca esto último tener relación con la quietud y el silencio de la mente, sí la tiene. Conforme se vayan haciendo cada vez más conscientes de sí mismos, la quietud y el silencio se irán haciendo cada vez más reales, más profundos. Y cuando la totalidad es autoconsciente, la quietud y el silencio de la mente también se alcanza.
Así pues, podemos practicar la meditación, aunque cueste, con mucha fe.
Hay algo que hay que eliminar en la meditación y es el escepticismo. No solamente en la meditación, sino en la vida práctica y en todos los aspectos, porque el escepticismo daña la mente, impide la quietud, entorpece.
El escéptico es demoniaco por naturaleza; en todo caso, es un mediocre, ¡mediocre! Ningún hombre genial, en el camino de la vida, en el curso de los siglos, ha sido escéptico. Hasta ahora, se sabe que todos los grandes genios de la historia han sido hombres de fe. Los que han descollado como mediocres en el camino de la vida, son una parte de la sociedad que está formada por escépticos.
Debe haber, pues, fe cuando practicamos la meditación, fe en todos nuestros trabajos esotéricos; no dudar, tener fe porque, como dijo Jesús el Cristo: «Tened fe como un grano de mostaza y moveréis montañas». La fe obra milagros, maravillas. Cuando uno tiene fe en la meditación, va por el camino de la Iluminación y llega a la Iluminación inevitablemente.
Ahora voy a contestar a preguntas. Es necesario que ustedes se hagan autoconscientes de todo esto y, por lo tanto, conviene que pregunten para aclarar.
Habla hermano.
D. Venerable Maestro, la plática me ha parecido maravillosa porque hemos escuchado muchas veces: “Conócete a ti mismo”, pero no hemos comprendido el profundo significado de tal concepto. Sin embargo, ahora se le ha dado un sentido. Tal parece que nos ha dicho que «conocerse a sí mismo”, significa conocer, precisamente, esas virtudes y esos defectos que desconocemos dentro de nosotros mismos”.
M. Así es. Hay virtudes que tenemos y no sabemos que las tenemos, y existen en nosotros defectos que creemos no tener; y a la hora de la hora, nos toca hacer un inventario de todo eso y ponerlo sobre el tapete de la actualidad.
D. En torno a esto, Maestro, quisiera que nos explicara dónde podemos considerar límite a la virtud de la humildad; dónde empieza lo que pudiéramos llamar dignidad y dónde termina; dónde empieza Io que se puede llamar ruindad y dónde termina.
M. En el mundo de la alta sociedad, yo he conocido gentes inmensamente ricas con sus capitales, grandes fortunas, viviendo en muy buena situación, claro está, y sin embargo tremendamente humildes; y he conocido a muchos miserables terriblemente orgullosos. De manera que debemos distinguir entre ser humildes y estar humillados. Vestir decorosamente, vivir elegantemente con cierta hermosa presentación, tener lo necesario para la existencia, no es orgullo; es sencillamente, dignidad.
Así pues, entiéndase con claridad dónde debe terminar la humildad, dónde debe comenzar la dignidad.
Entiéndase por dignidad o por persona digna, la que sabe vivir en forma dignificante. ¿Quién vive en forma dignificante? El que posee el recto pensar, el recto sentir y el recto obrar; ese es el límite. Vida recta, pensamiento recto, acción recta, recto sentir. Aquel que así actúa, con rectitud, es digno. Pero si alguien dice que es digno y no actúa con rectitud, pues no lo es.
La humildad y la rectitud están íntimamente relacionadas. No podría vivirse rectamente sin ser humilde; no podría actuarse con verdadera humildad sin ser recto. Así pues, la humildad y la rectitud están dentro de la misma línea. Es condición indispensable de la vida recta, la humildad; es condición de la humildad, la vida recta.
Creo que con esto nos hemos explicado ya profundamente.
D. Pero en un caso concreto, por ejemplo, en el que una persona soberbia humilla a otra. ¿Esta no pierde algo de su dignidad al someterse, no cae en la ruindad?
M. Pues, aquel que realmente vive en rectitud, no puede caer jamás. ¿Cuándo se ha visto que Dios destruya a los rectos?. El que cae es el soberbio que intenta humillar a la gente recta. Pero ningún recto puede jamás caer.
Recordemos que aquel que quiere dañar a otros, se daña a sí mismo. Uno puede permanecer sereno ante el insultador, ante el déspota, ante el soberbio. Y aquel puede tronar y relampaguear, es libre de hacer lo que quiera. Mas si uno permanece firme en rectitud, en modo alguno puede caer. Quien cae es él el soberbio, ante la Divinidad, ante las reglas del Cosmos, ante el Karma. Pero el que vive con rectitud, no cae. No es ruin permanecer en rectitud, ruin sería no permanecer en la rectitud.
D. ¿Se podría comparar con el profundo significado de poner lo otra mejilla?
M. Pues claro, saber besar el látigo del verdugo, amar al que nos odia; pero amarlo de verdad, no por simple fanatismo religioso, no en forma superficial, sino de fondo, sinceramente, espontáneamente; eso es lo importante. Ese es el significado de poner la otra mejilla, amar a nuestros peores enemigos, devolver bien por mal.
He conocido a muchos que están de acuerdo con la doctrina, con poner la otra mejilla, y si los insultan, bendicen, pero lo hacen tan forzadamente, en forma superficial, por fanatismo, porque no han hecho conciencia de esa verdad.
Cuando uno se hace consciente de esa verdad evangélica Crística y cuando actúa de forma espontánea, de acuerdo con esa verdad, pues ha dado un gigantesco paso en el camino de la autorrealización interior profunda.
Hay muchas sonrisas cuyo fondo es terrible. He conocido gentes que sonríen impasibles ante el insultador, y sonríen hasta que se congelan los carrillos, pues lo hacen por fanatismo, pero el trasfondo es de ira y ¡terrible de verdad! Es un paso, sí, pero muy superficial.
Otra cosa es la espontaneidad nacida de la Conciencia. Aquel que bendice a sus peores enemigos con verdadero amor, no fingido o rebuscado o artificioso o movido por incentivos fanáticos religiosos, sino en forma natural, íntima, concientiva, plena, nacida precisamente de las más ignotas profundidades del Ser, eso es diferente.
¿Hay alguna otra pregunta, hermanos?
D. Maestro, en lo referente al pozo de los leones, a pesar de tener miedo, ¿se debe enfrentar a los leones?
M. No se trata ahí de tener o no tener miedo; sí se trata de prioridades. Quisiera verte a ti dentro del pozo de los leones, ¿qué harías?
D. Me desmayaba.
M. Es muy difícil la prueba. Daniel el Profeta la pasó. En cuanto a mí, ha sido el paso muy difícil, no lo he podido pasar.
D. Para pasarla, aun teniendo algo de miedo, si se enfrenta uno a ellos…
M. Muy bonito es decir en teoría que se enfrenta a ellos; otra cosa es estar en el terreno de los hechos, a ver si es cierto que te enfrentas. Ya cambia todo, ahí se van las mejores teorías abajo y no queda sino el crudo realismo de palpitante actualidad. ¿Cómo les parece?
D. Cuando era muy jovencita, estuve muchos años soñando con leones, y uno me dio un zarpazo, corría sangre. Tenía un miedo tremendo, horrible. Yo siempre me veía corriendo, corriendo, corriendo, hasta que, una vez, llegué a una casa y estaban los leones tratando de abrirme la puerta, y entonces dije: “Ya no les tengo más miedo”, y salí les hice frente y se quedaron echados, y jamás volví a soñar eso.
M. Todos aquellos sueños corresponden con un recuerdo de la Roma aquella augusta de los césares, cuando estuviste tú entre los gnósticos cristianos de las catacumbas y fuiste echada a los circos de los leones y despedazada por ellos.
No es ese un sueño vano, ni corresponde a la época actual, sino a una tragedia que viviste, es completamente diferente. Quisiera verte ahora metida en el foso de los leones, a ver qué haces.
Indudablemente, hermanas y hermanos, hacerse uno consciente de sí mismo es muy interesante. Y ahora que usted cuenta eso, me viene a la mente, en estos momentos, algo muy interesante. Sucede que yo siempre, en el camino de la vida, constantemente, a través de muchos años, me asaltaba siempre un extraño sueño. Me veía a mí mismo entrando a una casa antigua, con un viejo zaguán de esos de las épocas coloniales, o precoloniales, más bien clásicas.
Luego tenía relaciones amorosas con una gran dama, pero esa dama —-sabía yo en mis sueños—-, de que era casada. Pero entonces yo, aprovechando la ausencia de su marido, entraba y tenía relaciones sexuales con ella. Luego sentía que el hombre llegaba —-el marido—- y entonces, naturalmente, trataba yo de huir; veía que saltaba de la recámara de ella por una vieja ventana a un gran patio y venía el hombre detrás con una espada de fuego. Eran épocas por allá de la Edad Media.
No me gustaba nada nada ese sueño, máxime cuanto que yo seguía la senda de la vida recta, me esforzaba en la autorrealización íntima y de pronto, sentirme en el adulterio con una señora por allá casada y todo eso, y perseguido por el marido de ella con el propósito de eliminarme; pues me pareció demasiado desagradable aquello.
Al fin, un día de esos, en el momento en que huía y venía el hombre detrás con su espada —-porque el sueño se repetía con cierta frecuencia, toda la vida repitiendo la misma historia—-, en esos momentos me detuve yo, eliminé el miedo por unos instantes y dije: «Ya basta de esto, ya es punto final».
Cuando se acercó el hombre hacia mí con la espada desenvainada, le dije: «Dejémonos de tonterías. Este hecho que está sucediendo aquí, en el mundo astral, corresponde a un acontecimiento de la Edad Media, en las épocas aquellas en que yo vivía en Europa. ¡Pero eso ya pasó!, la escena ha quedado repitiéndose en la luz astral en forma como de un sueño. Pero es mejor que disolvamos esta forma mental» —-le dije al hombre—-.
Entonces él dijo: «Verdad, eso es así. Yo también toda la vida me he visto metido en este sueño, y si es siempre una forma mental, ¿para qué vamos a seguir los dos atormentándonos la vida mutuamente con este sueño? Mejor desintegremos esta forma mental».
Él tomó su espada y yo también la mía y, con la flamígera, desintegramos todas las formas de ese sueño, se volvió polvo. Nos dimos un gran abrazo con los tres toques de los Adeptos, y se acabó para siempre. Correspondía, pues, a un hecho, sí, que había sucedido realmente, pero que ya había pasado.
Lo mismo ha sido el caso ese de los leones que ha tenido la hermana. Corresponde a un hecho, sí, que fuiste echada al circo de Roma y despedazada por hambrientos leones. Fuiste gnóstica, sí. Todos nosotros estamos relacionados con el conocimiento. No es la primera vez que estamos aquí estudiando la Gnosis. Pero ¿qué pasa? La Conciencia duerme, y claro, ustedes saben que me conocen, pues la Conciencia lo sabe; lo que no tienen es la plena conciencia de dónde y cómo. Pero sí saben que me conocen.
D. ¿Qué significa tener, por momentos fugaces, conciencia de la inmensidad del cosmos, del universo, y sentirse con una terrible soledad?
M. Cuando uno está metido en la cárcel, tiene la misma sensación, ve afuera el cielo abierto, el paisaje, las montañas y, sin embargo, está encerrado en una prisión. Así es. La Conciencia está similarmente metida en un calabozo —-que es el Ego, el Yo—-. Ella siempre ha tenido la sensación de que está prisionera y está prisionera de verdad; está metida realmente entre el calabozo del Ego y quiere vivir su libertad y sufre esa nostalgia.
Precisamente, debido a eso, es que hay gentes que buscan cierto escape y se lanzan a la bebida, a las drogas, a la marihuana, en fin, a todos los placeres de La Tierra, queriendo acabar con esa soledad, con ese sentido de vacuidad, con esa depresión moral o dolor. Entonces, no encuentran más camino que el de los vicios.
Pero hay necesidad de afrontar que la Conciencia está metida en el Ego, afrontarlo, confrontarlo, autoexplorarnos a sí mismos, auto conocernos, para poder eliminar esa prisión, ese Ego, ese Yo, dentro del cual estamos embotellados.
Realmente, el Ego es tinieblas en nosotros, es algo fatal, una fea arpía, horrible. Y es que, mientras tengamos el Ego adentro, somos siniestros. Por eso es que todos los hermanitos se juzgan unos a otros, diciendo: «Fulano de tal, ¡ah!, ese es un mago negro. Fulana es una maga negra de Lucifer».
Eso está equivocado, porque mago negro es todo el mundo. Todo ser humano, mientras tenga el Ego adentro, es más o menos negro.
Blanco, puro, solo cuando ya se ha eliminado el Ego. Esa es la cruda realidad.
Bueno, creo que vamos a empezar nuestra Meditación hermanos.
¡Paz Inverencial! >FA<