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F023 LA CARNE Y SANGRE DE CRISTO
FRAGMENTO DE TRANSCRIPCIÓN INEXISTENTE EN AMBAS ED. DEL 5º EVANGELIO
NÚMERO DE FRAGMENTO: F023
FUENTE EN AUDIO:NO DISPONIBLE
CALIDAD DE AUDICIÓN:INVALUABLE
DURACIÓN:INVALUABLE
CORRELACIÓN TEXTO/AUDIO:INVALUABLE
FECHA DE GRABACIÓN:1972/02/14
LUGAR DE GRABACIÓN:NO CONSTA
CONTEXTO:TERCERA CÁMARA
FUENTE DEL TEXTO:TRANSCRIPCIÓN CUASI-LITERAL EXTRACTADA DE LOS “APUNTES DE CONFERENCIAS” DE VÍCTOR MANUEL CHÁVEZ CABALLERO
Hermanos, es conveniente que comprendamos lo que son realmente los Misterios de la Vida y de la Muerte.
Jesús el Cristo dijo: “el que coma mi carne y beba mi sangre tendrá la vida eterna; yo lo resucitaré en el día postrero”. Analizar esto es muy importante. Claras están las palabras del Gran Kabir Jeshúa Ben Pandira, cuando exclamó: “Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”.
Cuando examinamos nosotros el proceso del crecimiento de la espiga, una vez que ha brotado del grano, vemos cómo bajo las radiaciones del Cristo Sol, va desenvolviéndose de milímetro en milímetro, hasta brotar el grano. Dado el grano, lo demás muere; ya no tiene la menor importancia. Así pues, en el grano, dentro de su prieta dureza, como en estuche precioso, queda encerrada la esencia del Logos Solar. Y si observamos cuidadosamente a la vid en los ventisqueros, vemos cómo madura la uva bajo los potentes rayos del Sol. Allí, dentro del fruto de la vid, queda encerrada la potencia del Logos Solar, del Cristo Sol.
El sacerdote, en estado de éxtasis, percibe esa sustancia crística acumulada en el pan y en el vino de la transustanciación y la desliga de lo meramente físico para que actúe dentro de nuestro organismo, ayudándonos vitalmente en el proceso maravilloso de la cristificación. Muy simbólico es realmente el misterio de la Unción Gnóstica.
En nuestro organismo, como en la espiga del trigo, se realizan procesos catalíticos maravillosos. Los alimentos, todos, pasan por los diferentes estados de transformación por los que tienen que pasar dentro del organismo, pero la esencia, el principio vital que los produce, la radiación del Logos, viene a quedar por último encerrada dentro de la simiente humana. Es pues, la simiente, el pan de la vida eterna, el pan solar. Transformar esa simiente, ese pan, en la carne del Cristo, sólo es posible por medio de la transustanciación, por medio de la transmutación de la libido genésica. Como resultado de tales transformaciones o mutaciones biogenésicas deviene la energía maravillosamente, polarizándose para que brote el fuego sagrado del Espíritu en nosotros. Tal elemento ígneo, tal fohat trascendente y trascendental, obviamente, mis caros hermanos, es la sangre misma del Cristo Sol.
Así pues, alimentarnos con esa carne y con esa sangre es vital cuando anhelamos la Resurrección, “porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. Los primitivos israelitas en el desierto se alimentaron con el Maná. Este devino del cielo, espléndido, radiante, maravilloso; desafortunadamente, murieron. Tal maná bíblico no es otra cosa que la sabiduría. Por muy cultos que seamos, por muy ilustrados, aunque hayamos acumulado muchos datos en nuestra mente, aunque nos hayamos enriquecido con ese venero inagotable de sapiencia que se bebe en las obras de la Blavatsky, Annie Besant, Max Heindel, etc., si no nos alimentamos con la carne y la sangre del Cristo, moriremos. Sólo ese pan de vida, sólo ese pan vivo, sólo ese vino sacro, puede darnos la vida eterna y resucitarnos en el día postrero.
No sería posible entender esto que estoy diciendo si no conocemos el sacramento de ROMA. Cuando leemos tal palabra a la inversa, leemos AMOR. Practicar el Sacramento del Amor es urgente, inaplazable e indispensable para bien de la Gran Causa. En el Misterio de la transustanciación está el secreto del Amor.
El bautismo es un pacto de Magia Sexual. Rama, en las tierras sagradas del Indostán, hubo de ser bautizado por su gurú, después de haber sido instruido en el misterio sexual. El bautismo, es pues, anterior a la era cristiana, se practica en todos los cultos, en todas las escuelas de misterios. La fuente bautismal es de piedra viva, como para recordarnos a la Piedra Filosofal de los alquimistas medievales.
Al ingresar en cualquier religión ortodoxa hemos de ser bautizados; eso significa que en modo alguno podríamos ser salvos si antes no cumplimos con el pacto de Magia Sexual que representa el bautismo. Cualquier escuela esotérica, cualquier religión, por grandiosa que sea, es muerta cuando no nos enseña que debemos trabajar en la Forja de los Cíclopes. Así pues, mis caros hermanos, necesitamos cumplir con ese pacto sagrado; necesitamos comprender la necesidad de transmutar las aguas puras de vida en el vino de luz del alquimista. Recordad que nuestro lema divisa es: Thelema (Voluntad). Por algo es que al ingresar en cualquier culto se nos bautiza. Es indispensable cumplir con el sacramento de Roma; es decir, con el sacramento del Amor; practicar la alquimia sexual si es que de verdad anhelamos la Cristificación, la Resurrección.
Resucitar de entre los muertos, he ahí el objetivo de toda enseñanza. Muchas sectas muertas suponen que la resurrección de los muertos ha de realizarse en un remoto futuro y que de entre los sepulcros saldrían los difuntos para ser juzgados. Nosotros debemos ir al fondo de esta cuestión, mis caros hermanos, y entender que la Resurrección debemos realizarla nosotros mismos aquí y ahora. De nada nos servirían todos nuestros estudios, si no resucitamos; de nada serviría el sacrificio del mártir del Gólgota si no resucitamos.
Antes de la Resurrección somos meras larvas, girando terriblemente en la Rueda desastrosa del Samsara. Cuando nuestra Mónada Divinal, cuando nuestro Ser Espléndido, cuando nuestro Espíritu Divino resucita en nosotros mismos y dentro de nosotros mismos, aquí y ahora, nos transformamos radicalmente. Entonces se nos da poder, majestad y señorío sobre los elementos de la Naturaleza, sobre el fuego flamígero, sobre los vientos huracanados, sobre las tormentosas aguas y sobre la perfumada yerba. Los príncipes de la Naturaleza se inclinan reverentes para conducirnos a sus paraísos elementales.
Con la Resurrección nos tornamos absolutamente conscientes, iluminados, inefables y terriblemente divinos. Con la resurrección, ganamos el derecho de penetrar en los paraísos Jinas, en las tierras de la Cuarta Coordenada, de la Cuarta Vertical, en el Edén, en la Tierra Prometida, donde los ríos de agua pura de vida manan leche y miel. Por la Resurrección, de hecho, nos convertimos en habitantes de los Campos Elíseos; pasamos a convivir con los Dioses inefables, con los Hijos de la Aurora del Mahamvantara. Con la resurrección penetramos en el círculo esotérico de la humanidad, allí encontramos, es claro, a los grandes fundadores de religiones; allí un Buda Gautama Sakyamuni, allí un Fu-Ji, allí un Ketzalkoatl, un Manco Kapak, un Moisés, un amador esencial como Ashiata Smiemas, un Lama inefable, etc., etc., etc.
Ha llegado la hora, hermanos, de comprender la necesidad de resucitar de entre los muertos. Muertos, estáis todos, en vuestros pecados; hoy por hoy, sois meras sombras que van y vienen, que retornan incesantemente, después de cada fallecimiento, a este valle de lágrimas.
De nada serviría que acumuláramos en nuestra mente innúmeras teorías, de nada serviría que nos convirtiésemos en eruditos, si no resucitáramos. Todos nosotros aspiramos a un cambio radical y definitivo, a un cambio total, mas eso no es posible sin la Resurrección. Incuestionablemente, sólo alimentándonos con el pan, el vino de la transustanciación, con la carne y la sangre del Cristo Cósmico en el banquete pascual de los Dioses, podremos alcanzar un día la Resurrección.
Obviamente, cuando nosotros transmutamos la energía creadora, nos estamos alimentando, mis caros hermanos, con la carne y la sangre del Cristo. Mas aquellos que escupen en el Sancta Sanctorum del Tercer Logos, aquellos que blasfeman contra el Espíritu Santo, jamás llegarán a la Resurrección Mística. Blasfeman realmente contra el Señor Shiva, contra el Adorable, aquellos que odian al sexo o que lo profanan; los que adulteran, los que fornican, los que andan por el camino involutivo del homosexualismo, del lesbianismo, etc., etc. A esos tales, más les valiera no haber nacido o colgarse una rueda de molino al cuello y arrojarse al fondo del mar; porque escrito está con palabras de fuego en el Libro de Oro de la vida, que todo pecado será perdonado, menos el pecado contra el Espíritu Santo.
¿Cómo podríamos pues, lograr la Resurrección si lanzamos nuestra baba difamatoria contra el Tercer Logos, si decimos en forma enfática que la Magia Sexual es antinatural, absurda, etc., etc.? ¿Cómo podríamos llegar a la resurrección si escupimos en el Santuario Sagrado del Espíritu Santo? Aquellos que dicen que el sexo es mal visto, aquellos que aseguran que es algo grosero, indigno, que nada tiene que ver con la espiritualidad, blasfemos son. A esos tales, lo único que les aguarda, mis caros hermanos, son las tinieblas exteriores, donde solamente se escucha el llanto y el crujir de dientes.
Recordad que el sexo es piedra de tropiezo y roca de escándalo para todo el mundo. El sexo es la Piedra Filosofal de los viejos alquimistas medievales. Pedro, Patar, es el Gran Hierofante del Sexo. El nos aguarda para instruirnos en sus misterios. El phalus está representado por la lanza de Longibus, por la lanza de Aquiles, por el Asta Santa; el yoni, el elemento femenino, el santo útero, está representado por la copa sagrada, por el Santo Grial, donde el Cristo Cósmico bebiera el vino de la última cena. Así pues, tanto la lanza como el cáliz, representan al Lingam-Yoni de los misterios griegos. Profanarlos, blasfemar, tratar de denigrar al sexo, es ciertamente condenarse uno a sí mismo al abismo y a la Muerte Segunda. Repito: sólo alimentándonos con el pan y el vino de la transustanciación, podremos realmente, mis caros hermanos, llegar un día a la Resurrección.
Todos en la vida hemos aspirado a algo extraordinario, hemos leído posiblemente “Las mil y una noches”. Sabemos por instinto que existe una tierra de maravillas y de encantos. Intuimos que en un remoto pasado existieron escuelas de misterios; presentimos que en el fondo de cada uno de nosotros existen poderes sobrehumanos; no hay quien no haya aspirado a ver operar a un iniciado. En verdad, hermanos, os digo, que sólo podremos entrar en esa tierra de los encantos miliunanochescos, en ese Paraíso Perdido, en el Edén bíblico, en los Campos Elíseos de los iniciados griegos, en la Tierra Prometida de los israelitas, mediante la Resurrección Iniciática. La Mónada debe resucitar dentro de nosotros mismos. Es bueno que ustedes sepan que en cada uno de nosotros hay una Chispa Divinal, inefable, terriblemente divina; no está encarnada en el organismo humano, todavía el humanoide no está preparado para recibirla, pero sí está unido a ella por un hilo muy fino; quiero referirme claramente al hilo de la vida. Está muerta para nosotros, sí, muy muerta, porque nosotros mismos la asesinamos cuando caímos en fornicación. No se manifiesta Ella dentro de nosotros, no; porque nosotros ni siquiera poseemos una individualidad permanente; somos puntos matemáticos en el espacio que accedemos a servir de vehículos a determinados agregados psíquicos nefastos y terriblemente malignos. Necesitamos eliminar de nuestra Naturaleza todo lo que sea indigno; necesitamos eliminar lo indeseable, lo inhumano, lo infrahumano. Una vez que lo hayamos logrado, podemos recibir nuestra Chispa Inmortal; ella podrá resucitar en cada uno de nosotros, y entonces exclamaremos con todas las fuerzas de nuestra Alma: “¡El Rey ha muerto; viva el Rey!”